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lunes, 25 de octubre de 2010

La rama y los tres...





(Fotografía: Pedro Arellano Bustos)


El otoño comenzaba...
la verde rama trastocábase en amarillenta
y un polvo entre café y color tierra
invadió el verdor fresco de primavera.
La otrora alegre y vivaz ramita,
de donde pendían tres hermosos ramilletes de hojas...
preocupóse en extremo:
"¿qué me está sucediendo?...
¿por qué ya no tengo mi lustroso color?...?"
y los tres bellos ramilletes de hojas,
cuyo esmeralda línea
de nacimiento, volvíanse ya
de un ocre y parduzco naranja a media luz,
también gemían tristonamente,
porque sentíanse ya, poco atractivos
y hasta algo aburridos para los demás.
Sin darse cuenta, un bello pájaro se posó en la rama:
y muy extrañado escuchó los lamentos
de la rama y los tres ilustres miembros de su follaje,
que suspirando y sollozando,
se consolaban unos a los otros...
Con la sonrisa plena de sabiduría,
la hermosa ave les dijo que no se preocuparan;
que la vida de los árboles, de las ramas y de las hojas,
era como la vida de los humanos que tanto
admiraban su belleza en todo su esplendor.
En primavera, el frescor de la vida nueva
es sinónimo de irresponsable alegría -les dijo-;
en el verano, la juventud arrobadora
les comenzaba a dar un cariz de mayoría de edad
y en otoño, al igual que a estos tres hermosos ramilletes,
a las personas comenzaban a cambiarle
tanto el semblante de su rostro como la tersura de su piel...
donde el esmeralda novel de antaño,
se cambiaba por el ocre de la experiencia de la vida.
Y por último, en el invierno...
Al igual que a los seres humanos,
a las hojitas les llegaba el ocaso de su vida terrena,
porque ya era hora de partir,
no sin dejar un legado de vida y de amor
en la tierra y en sus semillas que buenos frutos darían
para nuevas y maravillosas primaveras.
Y así fue que nuestros preocupados amigos,
comprendieron las palabras de quien amablemente,
tranquilidad, entendimiento y aceptación les sugería.
La rama y los tres felices
(y agradecidos) miembros del follaje,
ahora también con sonrisas de plena sabiduría,
dijeron adiós al ave que,
con un brisa ligera,
elevó su vuelo hasta lo inmenso del infinito cielo.
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