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jueves, 25 de noviembre de 2010

EL VIGÍA DEL OCASO...






"El vigía del ocaso"
(Fotografía: Pedro Arellano Bustos)



El expectante vigía permaneció
como todos los días en que realizaba su función:
de pie...
erguido...
esperando...
atisbando al horizonte.

No sería ni el primero ni el último de los días
en que solíamos verlo todos ahí;
cuentan en el pueblo que hace muchos años,
cuando adolescente aún,
el vigía se enamoró perdidamente
de la hija del capataz de la fábrica más grande.

La niña, de tiernas facciones
dentro de su adolescencia temprana,
siempre llegaba a la hora del almuerzo;
de la mano de su sumisa madre,
dulces miradas prodigaba al jovencito
que auxiliaba a su padre en la labor.

El vigía...
-como todos le decimos, desde que sucedió
lo de aquella noche de abril-
solícito se aprestaba a acercar dos sillas:
la grande para la madre
y la pequeña color blanco para la niña.

Y así transcurrían sus días:
esperando la hora del almuerzo,
para con dulzura contemplar
(tan sólo por unos instantes)
la tierna mirada de la preciosa niña.
Hasta que sucedió lo inesperado...
en la terrible noche de abril mencionada,
la niña, jugando con sus hermanas,
se adentró en las aguas embravecidas
del mar obscuro y profundo.

No se supo más.

Y desde entonces,
religiosamente y sin que nada ni nadie
pudiese evitarlo,
desde la caída del sol
hasta muy entrada la noche...
un niño convertido en hombre
espera anhelante que el poderoso mar,
quiera devolverle un hálito de vida
aunque para ello, tenga que seguir siendo
durante más primaveras e inviernos juntos,
el expectante y triste vigía del ocaso.




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