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viernes, 12 de noviembre de 2010

LA ABUELA ENSENÁNDONOS A JUGAR...







La abuela enseñándonos a jugar
(Fotografía de Edcarsi)




Ésa era la abuela...

Todos los días salía de la pequeña casita
-hecha con maderos encontrados por aquí
o por allá tirados sin mayor cuidado-
que su hijo Felipe (antes de irse del pueblo)
le hiciera con amorosa dedicación.

La abuela siempre, con tembloroso pulso
al brindarnos su cariñosa bendición,
también hacía nacer de sus protectoras manos
las más hermosas muñecas que se vendieran en el lugar.

Chiquitas, igualitas, grandes, con moñitos,
con moñotes pero eso sí... ¡con los más vivos colores!,
cada una de sus muñecas
llevaba un pedacito de su vida.
De esa vida tan azarosa como sufrida,
que desde tiempos añejos, le había signado
como una mujer de penas y sufrimientos,
pero también de fortalezas y de esperanzas.

La abuela día a día,
sentandita en su puestecito del parque
ahí, en nuestro pobre pero tan bonito pueblo,
exponía las más bellas muñecas
que cualquier persona pudiera imaginar.

Siempre decía que una muñeca,
era una compañerita para el corazón
y que cada pequeña sonrisa,
nos brindaba una esperanza para ser mejores
personas al despuntar el alba.

Tiene muchos años ya,
que la abuela no muestra la belleza de su alma
porque ya no hay quien se siente en su lugar,
cosiendo las muñecas más hermosas
que hayan existido.

Yo la extraño...
Y sé que todo el pueblo la extraña también.
Sin embargo, cada vez que veo una pequeña muñequita
-como aquéllas que solía coser con amorosa dulzura
apenas comenzara el cantar del gallo-
siento que ese pedacito de corazón de ella,
que por tantos años colocó en sus queridas muñecas,
me sirve de consuelo al saber que no se ha ido...
y que siempre vivirá en mí y en todos,
al tener en nuestro regazo
esos pedacitos de tela cosidos
de cada una de esas hermosas y coloridas muñecas.





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