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martes, 14 de diciembre de 2010

El organillero...



El organillero
(Fotografía de Edcarsi)

Don Simón salió de su casa;
eran las primeras horas del día
y ya ataviado con su gorrito navideño,
comenzaba a circular por las calles de la ciudad,
haciendo sonar su mágico cilindro.


Parecía jamás cansarse cuando hacía surgir
la música más bella que jamás se pudiera haber escuchado.


Nunca dejaba de agradecer
con una espléndida sonrisa,
las pocas monedas que algún transeúnte amable
dejaba caer en su latita forrada de rojo terciopelo.


Mas... ya las cosas no son como antes
(pensaba con suma tristeza Don Simón).
Antaño, al surtir las primeras notas musicales
infinidad de niños salían corriendo de sus casas,
para poder seguir al cilindrero que hacía cantar
su portentoso instrumento.


Y no solamente muchas monedas se recibían
con agradecido gesto de satisfatoria alegría,
al ofrecer el hermoso regalo de la música.
No.
También los niños le daban dulces,
algún pedazo de pan o incluso,
refresco o agua, si el día era muy caluroso.


No...
Ahora todo es diferente.
La gente ya no aprecia el dulce sonido de un organillo...


Las personas presurosas siguen su paso indiferentes,
cuando el triste cilindro evoca alguna dulce melodía
esperando la gentil recompensa en algunas monedas;
pero todo es distinto hoy:
incluso hay personas que malhumoradas,
se molestan ante el paso del organillo por su alegre sonido.


Don Simón no entiende...
Pareciera que su noble oficio estuviese
condenado a desaparecer.


Y solamente espera,
con una melancólica sonrisa...
a que cuando menos pueda reunir,
el dinero necesario para llegar a casa
como todos los días y todas las noches.


Pero lo que jamás dejará de lado,
es la música maravillosa que canta su cilindro...
aquél, que por más de 40 años,
ha sido su compañero y amigo,
con la esperanza de un mejor mañana
en que haya gente buena que quiera escuchar
las melodiosas notas que surgen de su alma de metal.
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