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sábado, 11 de diciembre de 2010

LA CASONA DEL ABUELO...







Interiores del edificio que alberga 
el Archivo Municipal de Orizaba
(Fotografía: Dante O.Hernández Guzmán)






Mi abuelo era un hombre grande y fuerte.
A mis hermanos, mis primos y a mí,
nos encantaba ir al pueblo donde vivía.

Aunque todos nosotros vivíamos en ciudades
grandes y muy modernas,
todos nos poníamos de acuerdo para,
en vacaciones, 
pedirle a nuestros papás que nos mandaran
para el pueblo... a la casona del abuelo.

Cuando murió nuestra Nonna,
el abuelo pareció sumirse en una gran tristeza;
sentía que la casona era demasiado para él solito.
Sin embargo, cuando nació Wendy
nuestro prima más pequeña,
me acuerdo que se puso felíz...
¡porque decían los tíos que mi abuela
había vuelto a nacer!

Los años más felices de nuestra niñez,
todos los primos y yo
los pasamos ahí, 
en la casona del abuelo...
con el patio lleno de café secándose
y con olor a pan recién horneado 
que a todos nos enseñó a cocinar.

Los años pasaron y todos crecimos.
La casona del abuelo se quedó sin risas,
sin juegos infantiles y sin gritos en vacaciones.

Y como tenía que ser,
el abuelo murió.

Y ahora, 30 años después,
estoy aquí en estos pasillos húmedos
pero llenos de amorosos recuerdos
de aquellos años maravillosos.

El abuelo ya no está,
pero mi corazón siempre buscará
su figura grande y fuerte
aquí, donde fuimos todos tan felices...
en la casona del abuelo.





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