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jueves, 2 de diciembre de 2010

Los invitados...






Esperando os convidados...
(Fotografía de Alexandre Hideki)




Doña Carmela afanosamente
iba y venía de un lado a otro;
se encontraba con el tiempo encima:
sus invitados llegarían en pocas horas.


Escasas eran las ocasiones especiales;
hacía años que no recibía visitas
ni mucho menos, invitados.


Los tiempos mejores habían pasado;
su caminar lento y fatigado
ahora milagrosamente se había transformado.
Como por arte de magia,
sus manos volvieron a tener el don
de la rapidez y sus ojos,
antaño cansados por la vida misma,
recobraban su hermoso brillo habitual.


La razón de tal mutación:
los invitados.
Tantos rezos...
tantas oraciones...
tantas plegarias a su Santo de cabecera,
por fin habían dado su maravilloso fruto.


Y en aquella cabaña
donde pareciera el tiempo se hubiese detenido,
pronto la algarabía y el regocijo
se harían presentes durante muchos días;
nuevamente, hermosa y con olor a lavanda,
Doña Carmela parecía adolescente
con un rubor en las mejillas
y una dulce sonrisa arrobadora.


Ruidos en el porche...
Pesadas maletas se oyeron caer
y Doña Carmela de un brinco
saltó hasta la puerta;
el corazón le latió con tal rapidez
que sintió de a poco podía salirse de su sitio.


Todo valió la pena.
Los años de soledad...
Las peticiones a la distancia...
Las lágrimas que acompañaron su escaso sueño.


Todo...
cuando de repente, como un rebaño de cabras,
entraron cuatro alegres chiquillos
que entre gritos y peleas
se disputaban ser los primeros en abrazarla.


Todo valió la pena
cuando los invitados gritaron al unísono:
"¡Ya llegamos abuelita!"...
Mientras continuaban peleando entre sí,
para ganar el maravilloso privilegio
de abrazarse al regazo de su amorosa abuela.





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