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miércoles, 23 de febrero de 2011

LA MUERTE NO ES EL PROBLEMA...








LA MUERTE NO ES EL PROBLEMA
Galería fotográfica de 
Abdullah Al-Zhrani
(FEDRALY)




La hermosa rosa se encontraba ahí, 
bella y esplendorosa como era de esperarse...
ya que es considerada, por excelencia,
una de las más maravillosas flores preferidas 
debido a su exquisita belleza por casi todas las personas.

Y sin embargo, como todo en esta vida,
había de llegar a su punto final;
tal cual está predestinado a todo ser y a toda parte
de la naturaleza misma a la pertenecemos en materia y esencia.

Mas... a punto de fenecer...
la hermosa rosa entristeció infinitamente:
Ahora que muriese... ¿qué sería de ella?
¿A dónde iría a parar tanta belleza?...
¿Para quiénes sería su aromática esencia 
y la tersura tan deseada de sus frágiles y rosados pétalos?...
¿Por qué, siendo tan bella, 
tenía que sucederle
lo que a todos...? 
¿Por qué inevitablemente también tenía que morir?...

Como por arte de magia, minúsculas gotitas de rocío,
comenzaron a bañarla toda desde el tallo,
hasta sus más pequeñas espinas, tal y como sucediese
con cada uno de sus rosados y virginales pétalos...
(aún con aquellos que ya se encontraban totalmente 
desprendidos de su forma natural).

Y como en sueños...
-y ya casi por dejarse morir-,
sin saber cómo ni de dónde...
escuchó una voz dulce y cristalina,
casi casi como cuando la suave lluvia la llenaban de vida
a ella misma y sus demás hermanas en el rosal al cual pertenecían.

Esa tierna y amorosa voz, entre melodiosas palabras,
le decía que no se preocupara...
que la muerte no era el problema,
ni mucho menos cuál sería el destino de su gran y profunda belleza.

No.

Lo terriblemente preocupante, 
es que muriese sin dejar ni siquiera un pequeño legado
de vida o de amor...
que justificara precisamente cada minuto de su hermosa existencia...

Que pensara a cuánta gente bondadosa,
el simple hecho de ver su belleza,
servía como alimento espiritual para olvidarse de problemas
o para encontrar una razón de vida...

Que recordara...
cómo aquéllos enamorados, sentados junto a su rosal
(donde ella, erguida y sumamente hermosa, parecía resaltar entre todas)
se juraron amor eterno pinchando sus dedos con sus pequeñas espinas
pactando su entrega absoluta hasta el fin de sus días.

Que no olvidara jamás, cómo aquélla pequeña niña
que llevaba a su hermanito chiquito de la mano,
le explicaba que cada vez que la vieran y olieran...
siempre tendrían un pedacito del corazón de su mamá,
porque las rosas eran sus flores favoritas
y porque ahora en el cielo, seguramente estaría sentada
en un hermoso y enorme jardín 
con cientos de bonitas rosas alrededor.

Que buscara, en el fondo de su triste corazón...
absolutamente todos los recuerdos, las instantáneas
de felicidad y de alegría infinita,
que con su belleza había proporcionado a muchas personas,
tan sólo con el simple hecho de verla o de aspirar su dulce aroma...

La agonizante rosa escuchaba callada.

Un terrible estremecimiento comenzaba 
a recorrer su cuerpo ya marchito
y sus delicados pétalos con evidentes muestras de sequía
en su ser...

Y sin embargo... previo al desenlace fatal,
una enorme sonrisa comenzó a alegrar a su triste corazón:
sonrío plenamente... 
y haciendo un colosal último esfuerzo,
trató de ver hacia el cielo, 
aspirando la última bocanada
de vital oxígeno para su existencia.

Sí...
La hermosa rosa finalmente
 -y como debía ser- murió en ese instante.

Mas lo maravilloso de esta historia,
es realmente saber que la muerte no es el problema en sí
de todos y cada uno de nosotros;
el problema, en su caso, 
es el darnos cuenta...
en ése último hálito de vida,
que nuestra existencia no tuvo ningún propósito
porque únicamente nos preocupamos por aspectos supérfluos,
materiales o egocéntricos.
Que quizá nuestra vida fué totalmente inútil y vacía
por dejarnos llevar por cuestiones pueriles y egoístas.


Que tal vez...
si hubiésemos permitido que la humildad y el amor
invadieran todo nuestro ser,
y alimentáramos nuestro espíritu con buenos sentimientos,
sabríamos que fué maravilloso vivir...
-no importando el tiempo ni las circunstancias-
porque nuestra existencia, fué destinada a dejar algo bueno 
y algo nuestro en todos los demás: 
ya como una sonrisa...
ya como una mano amiga que brindaba ayuda indiscriminada
o más allá de todo ello,
compartiendo un enorme corazón de oro,
por albergar la bondad infinita de amar 
y de darse y brindarse en cuerpo y alma a toda la humanidad.





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