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sábado, 19 de marzo de 2011

Al encuentro del amor...


Fotografía: Google Imágenes

Platicando con mi mejor amiga
(quien realmente es algo así como verme yo misma
en el espejo de mis anhelos, sueños y deseos)
tarde a tarde, hablábamos del amor.

Sí. De ése amor tan esperado como no conocido.

Y conociéndonos desde nuestra niñez,
sabíamos a la perfección a lo que ambas nos estábamos refiriendo;
ciertamente... hablábamos de ése amor puro y eterno
por el cual vencer obstáculos y mil adversidades impensables.

Sí... de ése profundo amor
que te carcome las entrañas al no saber del ser amado
o al darte cuenta que quizá, el adorado objeto de tus afectos,
tal vez no pensaba lo mismo con respecto de lo para tí representaba.

Decíamos que, probablemente a nuestras edades
(mujeres de mediana edad con todo el ímpetu brioso
de un corazón no cuidado y hasta desdeñado del todo)
cada vez sería mucho más difícil e incierto
el estar a sí... expectantes al encuentro del amor.

Nos reíamos abiertamente.

Sonoras carcajadas vibraban en la pequeña cocina
de mi departamento, donde solíamos tomar café
cuando salíamos de nuestros trabajos;
y terminábamos diciendo que tal vez, 
también nuestro destino era ser compañeras de soledades...

(Sin embargo, segura estoy de que ni ella ni yo,
conformes ni resignadas estábamos para asumir tal futura realidad).

Hombres...
Caras...
Cuerpos...
Sonrisas...
Halagos...
Promesas...
Voces...
Ir y venires de gente y más gente
sin que ninguno de ellos se significara realmente en nuestra vida.

Y los días transcurrían con similares circunstancias vividas,
haciendo que aún mucho más
entretejiésemos juntas el anhelo particular
de conocer "a ése hombre especial".

Mas...  las cosas al tiempo:
porque un buen día quedé en casa esperando por mi querida
compañera de tristezas, anhelos y sueños compartidos
ya que ella simplemente no llegó.

Ni tampoco lo hizo al siguiente,
ni al posterior al que le seguía.

Preocupada, traté de localizarla mas... nada.
Simplemente, no contestaba.

Pasaron varios días y al no tener contacto ni noticias,
decidida fui a buscarla, un viernes al salir de la oficina;
tenía en el pecho cierta angustia que no sabía explicar
y que hacía que con rapidez, me dirigiera hasta su casa.

Toc, toc...
Toc, toc, toc...
(toqué con nerviosismo esperando verla)
y nada.

Toc, toc, toc, toc...
y de repente,
mi amiga, se asomó por la mirilla
y sonriendo plenamente, me abrió la puerta.

Yo, nerviosa, le dije que qué le había sucedido
porque me extrañaba no tener noticias de ella;
nuevamente sonriendo y con el rostro arrebolado
inclinó la cabeza con un mohín de coquetería
y me dijo: "estoy bien... estoy mejor que nunca..."
y haciendo un gesto extraño, me señaló hacia atrás
de la puerta.

Mi sorpresa fué enorme ¡realmente mayúscula!
Cuando ví una figura masculina con movimientos muy en confianza
desplazándose por la sala, con una humeante taza de café en la mano
quien al verme, saludó muy alegre y desenfadado:
"¡hola, soy Carlos... me han hablado mucho de tí!"...

En ese instante, abrí los ojos desmesuradamente
(como diciendo: ¡no lo puedo creer... pero ya me voy a casa!)
y me despedí rápidamente;
ella me abrazó fuerte fuerte y me dijo que por fin era muy felíz
y que me deseaba lo mismo,
porque segura estaba de que pronto, muy muy pronto
yo estaría en una situación igual, sin que supiera yo cómo o por qué.

Yo le sonreí con dulzura.
Le respondí: "No te preocupes, ni pienses ahora en eso"...
y le dí un beso en la mejilla.

Al cerrar la puerta y yo dar la vuelta hacia mi departamento,
me sentí muy contenta al compartir la felicidad de mi querida amiga.

Respiré profundamente y un aire cálido
inundó mi pecho y acarició mi corazón:
Sí...
"¿por qué no?...",
tal vez también para mí
también hubiera algo muy bueno,
al final del camino...
al final de tanto esperar
ése maravilloso encuentro
con el verdadero y eterno amor.
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