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domingo, 20 de marzo de 2011

FRÍO EN EL OESTE...







Frío en el Oeste
(Fotografía: Roberto Obregón)






Con el alma en vilo,
Rutilia veía el tiempo pasar;
un invierno más acababa de dejar
su profunda huella y la gélida humedad
no dejaba de hacer que todos sus adoloridos huesos
la resintieran con toda su fuerza.

Marcos no se comunica...
(pensaba en su angustioso diálogo interior
tan cotidiano como el simple acto de respirar)
haciendo que la terrible zozobra corroyera todo su diminuto ser.

Ya hacían más de 20 meses
(porque llevaba bien la cuenta)
que su hijo Marcos se había ido pa'l otro lado;
no saber qué había sido de él, le estaba matando de a poco.

El hijo de la Chona, la vecina de atrás,
también se había ido con él
y ya desde hacía más de medio año
la Chona sabía que estaba como peón en un rancho de Texas.

Pero ¿y Marcos?...
¿Le habría sucedido algo?...
Desde muchos meses atrás, le había dicho
a la Chona que le preguntara al Pancho, su hijo,
si sabía qué había pasado con Marcos.

Pero no. Nada nuevo le dijo la mujer.
El Pancho dijo que cruzando el desierto,
como pudieron se escaparon de la migra
que ya los andaba correteando
y desde ese día, nunca supo más de él.

Rutilia, tenía presentes esas duras palabras.
Todos los días encendía su veladora
al niñito milagroso, para que le cuidara a su hijo;
a ése pedazo de su alma, que contra su voluntad,
se había largado de mojado.

¡Qué frío!
(nuevamente pensó para sus adentros)...

El frío tan terrible que se estaba sintiendo,
hizo que Rutilia regresara a la realidad de sus cavilaciones;
miró nuevamente por la ventana, para observar el matorral nevado
y fué por su chal de lana, para sentarse a esperar...
a esperar y esperar a que dejara de nevar
y que el frío del oeste, al alejarse,
le trajera de vuelta a su amado hijo para no irse nunca más.





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