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miércoles, 30 de marzo de 2011

La vida de colores...






CARRETA EN TRÓPICO
(Galería fotográfica de Roberto Obregón)



Benita corrió con toda la fuerza
de sus pequeñas y delgadas piernas.
Entre mayor era su esfuerzo,
sentía que más grande seguía siendo la distancia.

Sentía que su pequeño corazoncito,
saldría en algún momento de su agitado y acalorado pecho;
paró un instante, respiró con la boca bien grande y abierta
como tratando de recobrar fuerzas y continuó con su carrera.

Sin embargo, la puritita imagen de todos esos colores juntos
era lo que más le apuraba.

Benita sabía lo importante de que llegara justo a tiempo,
¡era lo más valioso que tenía en años y no podía dejar que se perdiera!

Pisó una enorme piedra y cayó estrepitosamente;
sus rodillas huesudas y diminutas, sangraron de inmediato
haciendo que gruesas lágrimas rodaran por su mestizo
y moreno rostro infantil, tan lleno de dulce inocencia.


Mucho era el dolor que aquejaba a esa pequeña
de facciones perfectas, representando a la raza
tan de por aquellos lugares agrestes;
pero ¡al fin chiquilla! De un brinco se levantó
y cojeando al principio, reanudó su marcha
con el firme propósito de llegar a donde estaban
Trinidad, Floro e Hilarión -sus tres hermanitos-
para darles tan espectacular noticia...


Cuando finalmente (y sudando copiosamente
por el dolor que le causaba bajar esa empinada cuesta)
logró llegar a la pequeña cabañita a punto de caerse
donde los tres niños se sorprendieron ante su escandalosa llegada.


Benita corriendo y con voz agitada les dijo:
"¡Luego me curo! ¡Vengan, córranle... vengan! ¡Vamos a ver muchos muchos colores!"
Y la bola de chiquillos salieron disparados como dardos al aire
(y honestamente, dejando atrás a Benita que ni caminar podía, ja...).


Después de un buen rato de largo peregrinar
-con sus consabidas paradas porque la niña no podía
seguirles el paso a los molestos hermanitos-
llegaron hasta el lugar mágico que tanto les había dicho Benita.


Ahí... arrumbada entre la maleza,
se veía impresionantemente bella...
una rueda que parecía haber sido de una carreta
(o algo así), que tenía ¡los colores más hermosos del mundo!


Para los cuatro chamacos, fué un hallazgo fenomenal.
¡Se sentían dueños del tesoro más grande de toda la existencia!


Y la pequeña Benita, jadeante y totalmente exhausta...
con voz dulce (aunque algo mandona como buena hermana mayor)
les decía a todos viéndolos fíjamente a los ojos:
¿ya ven como sí existe la vida de colores?
Estos colores son los más maravillosos que "háigamos" visto
pero yo sé que ningún otro niño
ha tenido la suerte de encontrarse con la vida de colores así...
todititita al alcance... como si "juera pa'nosotros na'más"...


Y así...
cuatro felices niños, brincaban de emoción
ante tan inesperado tesoro caído del cielo...
bueno, al menos, eso es lo que ellos, agradecidos
pensaban al momento de tomarse las manitas
y rezar un padrenuestro, al TataDios de toditos los cielos.







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