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miércoles, 11 de mayo de 2011

El sueño de un niño...


Fotografía: José Luis López


Una mañana de mucho sol como el que ahora nos cobija,
Toñito se levantó como si tuviese un gran apremio.
Sin que su madre se diera cuenta, había hecho -en un pequeño atado-
una especie de equipaje, el cual guardó en su mochila más grande.

Según Toñito recordaba, desde muy pequeño soñaba
con ser exactamente igual que Don Federico, su abuelo,
quien toda su vida -desde la niñez temprana- dedicó sus afanes
a la poderosa máquina que surcaba tierras y caminos: el ferrocarril.

Así que Toñito (según podemos darnos cuenta)
pretendía salir de casa para dirigirse hacia la estación del tren.

Toñito, quien era un pequeño niño
de escasos 5 años, deseaba con toda su alma
ser maquinista de un enorme y fabuloso tren...
tratando de imaginarse que de esa manera,
su querido abuelo también viajaba al frente
de la grandiosa locomotora con la que recorrió
prácticamente todo el país.

Nunca olvidaría nuestro amiguito,
aquél fantástico domingo, en que sus papás
(no hacía mucho tiempo atrás)
le habían llevado a un museo muy grande
en la ciudad de Xalapa, la capital del estado de Veracruz:
El Museo del Transporte.
Ahí Toñito ¡había hecho realidad su anhelado sueño!
Subirse a una máquina de ferrocarril
y sentirse como todo un maquinista
(vestido con su overol de mezclilla, por supuesto).

La mamá de Toñito, en lo que éste soñaba despierto,
se dió cuenta de que algo extraño y fuera de lo normal
estaba sucediendo esa mañana;
rápidamente se dirigió
a la habitación de su hijito amado
y enternecida
observó cómo el chiquito hablaba para sí
y se decía
con mucha emoción,
que pronto estaría subido
en un veloz y grandísimo tren.

Muy sutilmente, dio unos pasos hacia atrás
e hizo como si estuviese llegando en ese momento
a la recámara del niño; habló un poco más fuerte
de lo que acostumbraba y le dijo:
"Toñito, mi amor... ¿ya te levantaste, hijito?..."
-y sin darle oportunidad a responder continuó
la conmovida madre hablando a su pequeño hijo-
"¡qué bueno, mi vida! ¿Sabes por qué?
Porque hoy nos vamos de día de campo, ¿te acuerdas?"...

Ya en el umbral de la puerta de la habitación,
la joven madre hizo una mueca divertida al ver
cómo cambiaba la expresión en el rostro del chiquillo
y de qué manera su carita se iluminaba impresionantemente:
"¡El día de campo...
sí es cierto que nos vamos
hoy de día de campo, mami!"...

Y levantando las manitas y bracitos en señal de triunfo
corrió al otro extremo de la recámara dejando de lado su ropita
y demás juguetes que ya estaba a punto de guardar en la mochila...
porque en ese instante ya no pensaba en otra cosa más que
el precioso papalote que aún no había podido echar a volar.

Y éste es el fin de nuestra historia:
el sueño de un niño, siempre seguirá siendo su más anhelado sueño...
claro, si es que un juego aún mucho más fabuloso y emocionante,
no hace antes acto de presencia en su vida y en su inocente corazón.



N.B. Papalote es la manera en que en México les nombramos a las cometas; proviene del náhuatl papalotl que significa "mariposa".
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