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domingo, 22 de mayo de 2011

BAJO EL SOLECITO DOMINGUERO...


 




 
Solecito dominguero
Fotografía de Roberto Obregón




Don Chalío se encontraba como cada domingo
(y muy de mañana),
en su acostumbrada silla algo desvencijada.

Estaba -como era habitual- tomando el rico
solecito dominguero que mucho le abrigaba
en ésas mañanas del desierto...
luminosas y brillantes como el hermoso sol,
pero frías bajo el seco ambiente del entorno que le rodeaba.

Don Chalío como siempre
-y más a partir de que cumpliera
sus primeros 85 años de vida, por supuesto-,
despertaba (como solía hacerlo desde su niñez)
antes del primer canto del gallo
previo a despuntar el alba.

Y eso explicaba el por qué de su inseparable
chamarra formando ya parte de su persona,
tal cual si se hubiese formado una simbiosis
entre el abrigo que le proporcionaba
y la calidez que habitaba en su interior de buen hombre que era.

Muchos muchos años atrás,
había comenzando a enterrar a sus muertos;
primero sus padres y posteriormente y uno a uno,
los 12 hermanos que la buena semilla de aquellos lares
-bajo la venia del misericordioso buen Dios nuestro-
le habían tocado por fortuna tener como hermosa familia.

Luego... "la Camela"...
su fiel mujer y amorosa compañera de vida.

Eso fué lo que hizo que Don Chalío,
poco a poquito ya no deseara sacar fuerzas de flaqueza
porque a pesar de haber tenido 7 hijos sanos y fuertes
ahora se encontraba únicamente rodeado
de sus entrañables recuerdos
y de su inevitable soledad.

Los hijos...
Esos ingratos muchachos, por aquí pudieron irse...
¡ni lo pensaron dos veces!
Y así... como si a cada uno de ellos
correspondiera cada uno de los 7 pecados capitales,
se fueron escabullendo...
que con el pretexto de buscar
"mejor vida" en el otro lado y luego,
dizque regresar por sus padres.

Nada.
Ni uno sólo de ellos salió con buena semilla
y se olvidaron de los seres que les parieron
y les dieron su vida y ejemplo.

Y Don Chalío... al quedar solito sin su "Camela",
iba pasando los días viendo la vida correr...
ya sin ánimos ni bríos como para seguir en la siembra.

Unos ahijados eran quienes veían por él
y de vez en vez, le acompañaban para quedarse a comer
con lo que cariñosamente le llevaban.

Y entonces... he ahí que el solecito dominguero
se hizo el compañero fiel de Don Chalío;
y puntual a su cita, el buen hombre de piel tan curtida
por los años de trabajo y de vida generosa no correspondida,
se sentaba ahí, plácidamente...
como para disponerse a platicar con su eterno amigo el sol
mientras le brindaba sus cálidos rayos
y como día a día, veía la vida pasar...



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