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viernes, 27 de mayo de 2011

Y si se atora la carreta...






"Y si se atora la carreta..."
(Fotografía de Roberto Obregón)




Ponciano iba sumido en sus pensamientos.
Muy de mañana, arreando a las mulas en el rancho
-mismas que conducirían la carreta tan pesada
que debía llevar al próximo pueblo-
no estaba muy seguro de que su viejo transporte
pudiese soportar tanto y tanto peso en su carga.

Iniciando su largo recorrido,
Ponciano no podía evitar seguir pensando y cavilando.

Problemas y más problemas;
¡y todavía quién sabe si esta vieja carreta aguantara!...
(pensaba para sus adentros en realidad angustiado)
Porque si no llegaba, ¡no podría entonces contar con ese dinero!

Ponciano era un buen hombre;
de rudas maneras pero de muy buen corazón.

Desde niño, le gustaba el trabajo fuerte y tenaz;
también sabía de penas y amarguras,
pero su madre le inculcó tanto buenas maneras
como fortaleza y empeño para salir adelante.

Siempre ella le decía:
"hay que guardar pa' cuando se atore la carreta, m'ijo"...

Y ahora Ponciano, a sus 58 años de edad
y con una gran familia a cuestas que mantener,
sentía el agua hasta al cuello.

A pesar de todo su optimismo y su precaución,
los tiempos malos llegaron y su última y preciada carga
era de lo que único que pendían su vida y su familia.

Don Marcelo, el dueño del almacén del pueblo vecino,
esperaba con ansias el tesoro que Ponciano
llevaba en su viejo carromato.

Sin embargo, pasando por unos baches
tan profundos como cráteres...
la carreta ya no pudo seguir.

Ponciano, casi lloraba cuando intentó él solo
-porque siempre viajaba solo-
mover el anquilosado vehículo de ruedas de madera.
Una hora... otros minutos...
Y nada.
No se movió ni un centímetro.

Mas... de entre los matorrales,
salieron un grupo de chamacos
entre los que iba Domingo, su hijo más pequeño
y junto con él, varios escuincles escandalosos.

Domingo había ideado irse de pinta por ahí,
pero no contaba con que su papá perdería tiempo
intentando sacar del hoyo a la carreta.

Con cara de vergüenza porque su padre lo había descubierto,
Domingo se engalló y se llenó de fuerzas para acercarse
al hombre casi vencido:  Ponciano ni siquiera intentó regañarlo,
ya no tenía aliento ni para respirar.

Y entonces Domingo les dijo a sus amigos:
"Órale chamacos... ¡vamos a ayudar a mi apá!"

Ponciano sorprendido vió cómo el grupo de muchachos
con toda su fuerza de juventud,
prácticamente cargaban la carreta con todo y mulas
para poder dejar el transporte en el camino.

Lo único que Ponciano alcanzó a decir al muchacho
que felíz celebraba con sus amigos su proeza,
fué: "¿y ora m'ijo? ¿Pos qué haciendo por acá?"...

Domingo sonriendo ampliamente
le dijo entre carcajadas:
¡Pos nada apá! Me jalé p'acá con usté...
porque me dije: ¿Y si se atora la carreta?
...¡Pos qué va hacer mi apá solito!"

Y padre e hijo, entre risas hilarantes
de gusto y satisfacción,
se abrazaron con toda la fuerza
que su gran cariño fraternal les proporcionaba.




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