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lunes, 6 de junio de 2011

ABATIDO... (II)


SPENT (II)
Fotografía de Moayad Hassan


Otra noche de trabajo más y con todo el agotamiento
de una jornada extenuante... ¡de nuevo en casa!

Hago lo que habitualmente siempre suelo hacer:
llegar, lavarme las manos, tomar un vaso con té helado
y antes de bañarme y cenar,
me asomo a mi balcón preferido, por no decir,
mi zotehuela predilecta (y en realidad, la única que he tenido).

De repente ¡estaba ahí después de semanas de no saber de él!

¡Sí!
Era el mismo muchacho de meses atrás
que había capturado mi atención (y honestamente,
también mi preocupación y mis pensamientos)
una noche solitaria en que cavilaba -imagino-
sus problemas y sus posibles soluciones.

Aunque no tenía ni la menor idea de quién
era ese jovencito, con facha descompuesta
igualita a la de aquélla noche de mucho atrás,
nuevamente tenía la misma postura...
sí, la misma forma "sumida" de sentarse
y de parecer no pertenecer a esta mundana realidad
sino más bien, a la suya propia.

De hecho...
Pensaba en cómo un joven de esa edad
y con tanta vida por delante,
tenía esa actitud de angustia... de desgano...
de agotamiento y de total abatimiento
hacia la maravillosa vida que,
por muy difícil que la tuviera,
también segura estaba de que le presentaba cosas buenas.

Tuve la inquietud de hacerle señas
como para que se diera cuenta de que no estaba solo;
no obstante, me detuve ya que, evidentemente,
no sabe nada de mí y no quería yo espantarlo.

Así que otra vez, me acomodé en la pequeña bardita;
me puse cómoda para observarle de nueva cuenta.

La misma lámpara solitaria.
La misma banqueta sucia
en la misma obscura calle que podía presentarle
uno y mil peligros.

Solo, únicamente acompañado de sus pensamientos
¡y a saber de qué naturaleza fuesen!
Y pensar que simplemente tras su espalda,
se encontraba un mundo lleno de vida...
de actividad... de motivaciones por seguir adelante...
de sonrisas y de caminatas -incluso- bajo la luz de la luna.

Pero no.

Parecía que él no se percataba de ello
y prefería estar adentrado en su propio mundo.

Ojalá y tan sólo...
se diera la vuelta para caminar al otro lado de la enorme barda
que le servía de incómodo respaldo para seguir resguardando
su tristeza, su abatimiento y su personal soledad.

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