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viernes, 3 de junio de 2011

CORRE POR TU SUEÑOS...





CORRE POR TU...
(Fotografía de Alex Granados)




Una fría mañana de otoño,
esperando a mi padre quien trabajaba de guardavías
en aquélla vieja pero aún transitada estación de trenes,
el sol en plenitud en medio de un nuboso pero azul cielo
me brindaba su gran saludo matinal.

Todo parecía estar en orden.
De hecho, mi padre me permitía esperarlo
en su oficina en lo que él terminaba parte de sus labores.

A veces, a pesar de no ser tan mayor
(y que no me permitían tomar café solo.
como en casa le decimos al café negro)
pues a escondidas me servía una gran taza...
para que así, sorbito a sorbito
pudiera yo, disfrutar de tan deliciosa pero prohibida bebida.

Sin embargo, de repente algo captó de inmediato mi atención.
No sé cómo... ni de qué manera...
ví a un niño corriendo en la vía.
¡Sí... a un chamaco bien chico
corriendo sobre los rieles bien quitado de la pena!

No supe qué hacer.
Mi corazón comenzó a latir terriblemente...
sentía que en el momento menos pensado
¡o se me saldría del pecho o me desmayaría
sin poder evitarlo!

El niño iba felíz...
¡increíblemente iba felíz y cantando!
(O al menos, eso es lo que parecía
porque yo a lo lejos le vía una mueca en la cara
como si fuera una sonrisa...
como cuando cantamos una canción que nos gusta)...

Por más señas que le hice...
Por más gritos que pegué...
No pude hacer que me escuchara.

Seguía felíz corriendo y saltando
sobre esas viejas vías del tren.

No habría ningún tren cerca
(afortunadamente para mí, porque me sentía
como si yo fuera el responsable de la vida
de ese escuincle irresponsable y loco ¡super loco!).

Mas de repente...
como si sintiera que yo le veía y le veía...
él volteó y todavía con toda la tranquilidad del mundo,
me sonrió y levantó el brazo derecho
en señal de alegre saludo,
gritándome: "¡adiós amigo!"...

Diosito es muy bueno (pensé aliviado)
porque nunca hubo ningún riesgo para él.

Unos minutos después,
yo creo que me distraje,
porque ya no lo ví por más y más
que lo busqué con mi asustada mirada.

En eso llegó mi padre...
¡y yo corrí a decirle lo que había sucedido!

Mi padre me sonrió y me abrazó;
me dijo que no me preocupara...
que era Juanito, el hijo de otro de los guardavías
y que perfectamente sabía cuál era
el itinerario de los trenes...
y que su gran juego, siempre había sido
correr sobre los rieles cantando y brincando.

Me encantó saber la razón de que ese niño
estuviera ahí y lo viera tan contento...
¡los trenes también eran su vida así como la mía!

Y disfrutar esa imagen al paso de los años,
se convirtió en un aliciente para mi vida futura.

Juanito...
Juanito corriendo por sus sueños,
sobre las mágicas vías de esos trenes fantásticos
de nuestra maravillosa niñez.



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