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martes, 26 de julio de 2011

EL MURO...






EL MURO
(Fotografía de Roberto Obregón)




Todas las tardes ahí era el punto de reunión:
los demás niños y yo, siempre estábamos ahí
listos para que todo fuera como esperábamos...
porque para todos nosotros ese muro era vital, en verdad.

Cuando uno es niño, hasta las cosas más insignificantes
o pequeñitas, ¡son maravillosas!... 
Ya que nos brindan
todo un impresionante universo 
por conocer y compartir.

Y sí que lo era:
ese muro era lo que dividía los dos territorios;
el tronco del árbol aquél, 
era también una especie de trofeo preciado,
porque servía como punto de vigilancia 
para quienes integrábamos las patrullas encargadas
de cuidar que nada ni nadie,
cruzara ese límite bien definido que era ese muro.

¿Cuántos niños éramos?...
No me acuerdo bien, pero sinceramente...
¡qué divertidas nos dábamos!
Como en aquéllos tiempos en la escuela
nos pasaron una película donde los niños tenían sus pandillas
y cuarteles de guerra, ¡pues nosotros hicimos lo mismo!

Teníamos dos grupos
donde evidentemente, unos eran los buenos
y los demás, los malos:
Los "grandes" y los "enanos" 
(por evidentes razones
que se han de imaginar: 
unos por altos y los otros,
por precisamente lo contrario, ja...)...

Y pues, en cuanto terminamos de ver la película
¡ya sabíamos que el muro de los terrenos de Don Mario
sería nuestra frontera mágica hacia ese mundo
donde libraríamos las batallas más impresionantes!

(Y el mismo don Mario veía siempre complacido
cómo corríamos entre los matorrales
y esquivando a sus vacas y caballos, claro,
para que ellos nos nos patearan o corretearan)...

Cuánta felicidad en las risas de unos cuantos chamacos.
Todo se reducía a gritar y correr
por doquier, siempre y cuando,
no llegaran a invadir nuestra parte del muro.

Pero los años pasaron.
Y dejamos de ser niños...
y las contiendas en el muro aquél terminaron.

Los dos grupos que antaño eran enemigos,
se dispersaron con el polvo de los tiempos.

De todos ellos, supe que algunos murieron ya.

Siendo gente de campo, la mayoría prefirió emigrar
para tratar de encontrar en "el otro lado"
la solución a sus problemas de vida y esperanza...
mas únicamente encontraron, 
una cruenta muerte en el más profundo olvido.

Algunos otros, como yo,
creo que crecimos con el recuerdo del muro de piedra;
ese muro que tanto significaba para nosotros, 
ya fuese como punto de reunión y encuentro 
o como la frontera deseada para cruzar o ser cruzada.

Por eso cada vez que voy a casa,
lo primero que hago es buscar esos terrenos que aún existen,
aunque Don Mario ya no esté ahí para sonreír complacido
al ver nuestras travesuras con palos a manera de flamantes espadas
y con pequeñas piedras únicamente para ahuyentar al enemigo...

Ese muro de piedra sigue ahí...
como esperando que, tal vez un buen día de Dios,
otros niños alegres e inocentes
quieran hacer de él, una anhelada trinchera
donde nuevamente se libren las batallas más alegres
y felices que pueda haber, 
tal y como otros niños de tiempos atrás,
lo hicieran para dejar sus risas y sus cantos 
en el eco de sus verdes y floridos campos.



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