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miércoles, 27 de julio de 2011

MIGUEL Y SUS MIÉRCOLES DE MERCADO...





Fotografía: OZUKARU RODRÍGUEZ






Miguel, muy de mañana llegó a su puesto.
Desde niño, su rutina de vida se resumía a dos puntos:
ir a la escuela y de ahí, llegar corriendo al local
que tenía su familia en el mercado.

Era un joven alegre y jovial;
"la vida era una rueda de la fortuna"
(según él mismo decía)
"donde a veces se está arriba...
pero la gran mayoría, se está hasta abajo".

Con su fuerza propia de los 19 años vividos,
Miguel era el soporte de sus padres;
con el puesto de verdura, legumbres y fruta que tenían,
de repente lo dejaban solo y al frente de todo
porque también cada miércoles
se iban de tianguis al interior del país,
ya que vendían ropa de lugar en lugar. 

Así que Miguel, miércoles a miércoles
era el dueño y señor de todo su local en el mercado.

Pero no todo era "miel sobre hojuelas": 
de repente, también a Miguel se le presentaban
situaciones que no sabía bien cómo controlar,
como por ejemplo cuando doña Sabina,
la vecina del puesto de hierbas medicinales, 
se quejó con él de que, por estar colocando el costal
con los elotes que había desgranado,
le había echado toda la basura sobre su puesto de hierbas.

De hecho, también los miércoles, 
representaban muchas otras cosas en su vida:
casi nunca iba a la escuela; 
cuando se levantaba
-casi siempre a las 3 de la madrugada-
era para alcanzar a los repartidores y proveedores en el mercado.

Ya sabía bien qué hacer y con quiénes "mercar";
el problema era, realmente, tener que dejar de ir a la escuela
un día a la semana por siempre.

Pero bueno... 
Miguel, quien también tenía 
la responsabilidad de sus cinco hermanos menores,
no quería que a ellos les sucediera lo mismo
y por esa razón, había decidido que haría cualquier cosa
con tal de que ellos no tuvieran que faltar un día cada semana
como él lo tenía que hacer.

Porque ¡vaya si le costaba trabajo reponerse
en los apuntes y tareas!
Amén de que se le acumulaban las faltas a clase
y a veces, hasta reprobaba por tener muchas inasistencias
en determinadas materias.

Así que se fajaba bonito con los demás trabajadores
para así, no tener que recurrir a  la necesidad
de que Pancho, Gabriel, Pedro, Tomás y Vicente
se tuvieran que quedar descargando los camiones.

Por todo lo demás, Miguel siempre y de buen agrado,
había aceptado su porvenir, por demás ligado
a las afanosas labores del mercado.

Ése era y es Miguel...
Miguelito, como todas las señoras de la plaza
-que le conocían desde niño-
le llamaban cariñosamente.

Y ahí termina por ahora, 
nuestra breve narración.

El buen muchacho sigue y seguirá su vida
así... ayudando en el puesto a sus padres, 
como desde niño lo ha estado haciendo.

Y no te extrañe que, 
si algún día pasas por ahí...
no importando que sea miércoles o jueves o lunes,
veas a un chamaco cantando y bromeando,
un joven alegre y risueño que seguramente 
te saldrá al paso diciendo:
"¡Qué va a llevar... güerita, tenemos las verduras más frescas
de todo el mercado! ¡Pásele, pásele y cómprele, doñita...!"
y sabrás que ese muchacho, es nuestro Miguel... 
el de esta cotidiana historia.







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