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lunes, 29 de agosto de 2011

LA BICICLETA...

BIKE
Fotografía: CLIPWORKS


Llegué con algo de zozobra en el pecho;
había hecho un viaje de más de 14 horas
en autobús, más el tiempo perdido entre
las estaciones de paso durante el recorrido.


Realmente me encontraba sumamente cansada:
sin embargo, tenía tanto tiempo que deseaba haber hecho
ese viaje... que no importaba cuánto significara en tiempo,
el viajar hasta ese recóndito lugar.

Al descender del vehículo, 
de inmediato un cúmulo impresionante de recuerdos,
se agolparon en mi mente y en mi corazón...
pero, ¿estaba yo lista para asumir todo de una buena vez
y quizá, para siempre?...


Respirando profundamente
y anhelando poder encontrar -tal vez-
algún vestigio de que las cosas todavía en esencia
y que guardaba en mi corazón
permanecían donde debían estar,
comencé a caminar por aquéllas calles de antaño.

Finalmente llegué.
El aire frío de la temporada me recibió de inmediato;
el chirriar de las estructuras de metal que protegían ventanas
y también puertas del lugar aquél, me estremeció por completo.


Mi casa...
Estaba yo en el lugar donde nací y crecí;
mil y un instantáneas de vida se me presentaron
de forma multitudinaria... como en una película donde
se agolpan las escenas en secuencias sin pies ni cabeza.

Los recuerdos, aunque no muy gratos,
se desvanecían conforme iba yo recorriendo el sitio.

Una tras otra, fuí recorriendo las habitaciones;
el comedor... 
la sala...
recámaras y clósets.

No tardé mucho en llegar hasta el patio trasero...
sinceramente, era a donde quería yo estar
y, la verdad... el motivo de mi tan extenuante viaje.


El patio trasero...
¡Cuántas vivencias en ese preciso espacio!
Mi niñez, en los momentos más felices,
cuando todo parecía ser promisorio para todos
como familia, se remitían a ese pequeño lugar.

Cerré los ojos...
Me dejé llevar por los recuerdos donde escuchaba 
las carcajadas de mis hermanos bajo la vigilante
y amorosa mirada de mis padres.

Aunque trataba de controlar mis más profundas emociones,
no lo pude evitar:
gruesas lágrimas rodaban por mi rostro muy curtido
por la vida y por los años recorridos.

Ahí... como olvidada por ser algo inservible,
estaba mi vieja bicicleta.
La bicicleta que primero fuera de mis hermanos
y luego mía, por ser la más chica de todos los hijos.

¡Cuántos recuerdos maravillosos tan sólo de verla!
Y aunque la tristeza me invadió por completo,
también la felicidad afloraba, porque esa vieja bicicleta...
oxidada e inservible, era el símbolo de los únicos tiempos
de bonanza y de eterna felicidad que al parecer,
se nos escaparon para nunca más volver.

Los años pasaron e incluso,
mis padres y dos de mis hermanos ya no están aquí.
Mas... la imperiosa necesidad de reencontrarme conmigo,
me hizo realizar este tan largo y cansado viaje.
Pero había valido la pena:
deseaba encontrar algo... no sé... ¡cualquier cosa!
Que me permitiera asirme a la vida,
como buscando motivos para recobrar algo de inocencia
dentro de este convulso mundo en que aún,
no salgo del marasmo en que vivo.


Sin embargo, al ver ese precioso pedazo de metal
tan lleno de vida para mí
y tan colmado de recuerdos y añoranzas,
siento que no todo ha sido en vano:
que incluso, a pesar de estar sola con mi amargura
y mi errores asumidos o ignorados...
mi vida nuevamente ha recobrado un hálito de esperanza;
que no todo está mal...
porque siempre siempre, dentro del corazón
tan plagado de cicatrices como heridas,
las cosas buenas -a pesar de permanecer escondidas
durante muchos años-, nuevamente tienden a llenarnos de fortaleza.

Sí.
Mi vieja y querida bicicleta,
de nueva cuenta había hecho de mí,
una mejor persona no únicamente durante 
esos minutos de melancólica añoranza,
sino para mañana y para el resto de mi renovada existencia.


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