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viernes, 5 de agosto de 2011

LA VENTANA DEL COMANDANTE...


LA VENTANA DEL COMANDANTE
(Fotografía de Eduardo Amorim)

La isla es un lugar bonito y bastante festivo;
creí escuchar que antaño era conocida como 
"La isla de San Pedro"...
cosa curiosa porque en la actualidad su nombre 
es algo totalmente diferente.
En fin.

Cuando llegué al lugar, 
éste era una mezcolanza de culturas y de manifestaciones
tanto de vida como de usos y costumbres;
todo ello me fascinaba, 
puesto que siempre mi espíritu aventurero,
apostaba por viajes hacia lugares totalmente desconocidos
como inhóspitos y lejanos.

De las muchas cosas que llamaron mi atención,
ahí... justo enfrente del único parque,
había una hermosa ventana.

Era una ventana atípica,
porque el lugar tenía ese toque caribeño, mas...
retomando lo dicho anteriormente 
acerca de la fusión de culturas manifiesta,
pues esta ventana tenía cierto aire campirano
como de gente de campo con esa bohonomía
que siempre les caracteriza,
amén de su rusticidad 
y gusto por la faena con animales.

Me gustó mucho.

En realidad, me intrigó bastante
más que nada, 
el poder saber qué persona o personas
habitaban el lugar donde esa colorida ventana
estaba bellamente enmarcada por un fondo blanco,
tan blanco y puro como la nieve 
que jamás se vería en la isla.

Pregunté a varios transeúntes;
algunos eran turistas, como yo.

Otros más, simplemente levantaban los hombros 
como diciendo "yo qué sé"...
pero finalmente, pude dar con alguien que sí supo
decir, a ciencia cierta, a qué ventana
(y personas)
me estaba refiriendo.

Una mujer mayor, con gesto duro
pero amable, fué quien sació mi curiosidad:
"mire joven..."
-dijo la mujer con gesto comunicativo-
"en esa ventana, vive ni más ni menos,
que el Comandante Díaz,
el padre de las muchachas más bonitas
de todo San Pedro"...

Yo, aún mucho más inquieto 
por todo lo escuchado, continué ahí
poniendo toda mi atención a las palabras de la mujer.

Terminó de decirme lo que deseaba
y le agradecí su cortesía.

Caminé con una opresión en el pecho:
ahora deseaba yo saber quién era el Comandante
-ya que por lo escuchado, era un extranjero
que había sido hombre de campo y que,
con esa misma formación de vida,
había criado solo a sus 4 hijas por ser él viudo-
pero por supuesto, 
lo que ahora tenía absolutamente 
toda mi atención y concentración
-mucho más que ninguna otra cosa- 
era conocer a alguna
de sus bellísimas hijas, 
según lo que me habían dicho.

Entre las cosas que mencionó la mujer,
también me contó la mala fortuna de otro fuereño como yo,
quien quiso enamorar a una de las muchachas
pero que, siendo de la gran ciudad,
únicamente deseaba un entretenimiento cruel con ella.
El padre inmediatamente sacó de su casa
una de sus muchísimas armas y empuñándola sobre la cabeza
del insensato... lo hizo huir de inmediato del lugar.
Y lo mismo pasó con otro tiempo después.
Y con otro y con otro y muchos otros más.

De todas esas historias de las hijas del Comandante
y de su celosa protección para que nadie les hiciera daño,
es que me nutrí yo durante mi estancia...
aunque, cosa curiosa,
en los días siguientes a mi descubrimiento
jamás pude ver a ninguno de ellos asomarse 
al bellísimo marco de tan colorida ventana.

El tiempo pasa rápido...
y me tengo que ir (aún sin quererlo yo así).
Mi trabajo y demás cuestiones de vida me esperan ya;
sin embargo, pronto he de regresar.

No sé...

Algo me dice que sí...
que en mi próximo viaje a San Pedro,
aunque tenga que apostarme día y noche,
noche y día una y otra y otra vez...
conoceré al misterioso Comandante
y cuando menos, 
a alguna de sus hermosas hijas.

Y quién sabe...
la verdad, 
quién puede saberlo...

Tal vez y hasta en una de ésas,
yo sea el siguiente fuereño que,
con el corazón honesto y sinceramente 
entregado a una de las más bellas mujeres
de esa preciosa isla con sabor a campiña añorada,
tenga mi propio ventanal rojo
enmarcado en mi muro de blanca e impenetrable pureza
cuidando lo más preciado que la vida 
y que Dios, me pudieran otorgar.





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