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miércoles, 3 de agosto de 2011

Los días más felices de mi vida...


Sin título
(Fotografía: Santiago Grijalva)


Siempre, cuando muy niña,
recuerdo que, en casa de mis abuelos,
-allá por el norte, como solemos decir aquí-
me encantaba subirme a un enorme y muy viejo árbol
que se encontraba en la huerta que tenían
en la parte de atrás de la casona.

Cuando íbamos todos los nietos,
¡los pleitos eran impresionantes!
Todos queríamos ser los primeros en llegar a él
para "apoderarnos" del maravilloso sitio
y tener así, el privilegio de vigilar 
todo el terreno de los abuelos.

En verdad, ¡cómo disfrutaba esos momentos!

Sin embargo, lo que más recuerdo de aquellos días
son los días que pasé trepada ahí 
en el árbol viendo a lo lejos, 
en los terrenos de al lado,
a un niño que cuidaba a los borregos y vacas
de don Matías, el amigo de mis abuelitos.

Era un niño que, también a pesar de estar lejos de mí,
volteaba para ver si estaba yo viéndolo;
me sonreía y me saludaba con la mano...
como si fuéramos ya amigos o cuando menos,
viejos conocidos.

Al principio me molestaba que me hablara...
¡qué se creía si yo ni lo conocía!
Pero al paso de los días, cuando a la misma hora,
mis primos y yo salíamos a jugar con mis hermanos
y los hijos de Martín y Anita, 
los trabajadores de mis abuelos,
ese niño siempre alegre, me saludaba con una enorme sonrisa.

Después le pregunté a Polito, uno de los hijos
de Martín y de Ana,
que quién era ese chamaco sangrón;
Polito se sonrió y me dijo:
"ahhhh, ¡es Nico, el nieto de don Matías"...

Como siempre que íbamos nos quedábamos
hasta dos meses en casa de los abuelos,
a las dos o tres semanas,
Nico se acercó a donde estábamos todos jugando.

Polito le dijo: "¡Vénte pa'cá, Nico... ven a jugar!"...

Mis primos, hermanos y hasta yo,
corrimos a donde estaba él.

Nico era muy simpático aunque un poco callado;
dijo que sí, que sí jugaría con todos y así lo hizo.

Al otro día, me vió subida en el árbol nada más a mí
(porque todos se habían ido a nadar al río)
y sin más, ¡que se sube hasta donde yo estaba!
Con cara de enojada -ceño fruncido y boca chueca-
yo le dije: "¿qué quieres aquí?"...
y muy molesta -según yo- continué diciendo:
"¿que no ves que ya está ocupado?"...

Nico me ignoró por completo;
se acomodó junto a mí en una de las ramas
más grandes y gruesas del inmenso árbol.
Se metió la mano al bolsillo y sacó una naranja;
me dijo que era para mí y que era un regalo.

Con una hermosa sonrisa
se quedó observándome;
yo me sentí muy incómoda y le dije que sí,
que sí la tomaba pero que no viera así,
porque no me gustaba que me vieran 
y que además, me hacía sentir mal.

Nico se sonrió y se volteó levantando los hombros.

Y lo único que hicimos durante todo un buen rato,
fué vigilar a sus vacas y borregos desde nuestro lugar
en las alturas del preciado árbol,
sin hablar o decir nada.

Así pasaron muchos días;
días en que Nico y yo nos hicimos los grandes amigos.

Bromeábamos y reíamos por cualquier cosa
no importándonos que los demás chamacos nos hicieran burla
diciéndonos a corito: 
"¡ehhhhhhhhh.... son novios, son novios, son novios...!"...
siempre siempre era lo mismo,
pero nosotros ni caso les hacíamos.

Pero todo lo que comienza
ha de terminar y el día de nuestra partida llegó.

Mis tíos llegaron por todos en su camioneta
ya que mis papás irían por nosotros a casa de ellos
y aunque fueron mi vacaciones más felices,
en el fondo de mi corazón, ése era el día más triste de mi vida.

Nico se había despedido de mí un día antes.

Me dijo que no le gustaban las despedidas
y que quería que me llevara un bonito recuerdo:
se quitó su escapulario y lo besó...
me lo acomodó en el cuello y me dijo que no me preocupara,
que aunque no nos pudiéramos ver más,
siempre él estaría ahí para cuidarme y que no me pasara nada.

Nunca había llorado por un amigo
y ésa fue la primera vez que en mi pequeño corazón
sentí una punzada terrible y muy dolorosa...
tal vez porque sabía que tenía razón...
porque él sabía que jamás lo volvería a ver.

Han pasado 30 años de aquéllos días de inocencia y felicidad;
cuando llego a reunirme con mis primos
-que finalmente se quedaron a vivir en la casa de mis abuelos-
les pregunto por Nico...
pero nadie me dice nada...
porque resulta que poco después de que nos fuimos,
sus padrinos llegaron por él 
y se lo llevaron al otro lado con ellos
y jamás lo volvieron a ver por ahí.

Yo solamente sonrío tímidamente para mis adentros;
he sido mujer de mundo y he tenido mi vida con otras personas.

Mas...
Jamás olvido ni olvidaré la sonrisa franca y amable
de aquél muchachito casi niño
que supo darle alegría a mi vida de niña citadina
con algo tan simple como la generosidad 
de un corazón bueno e inocente.

Nico... por si alguna vez te vuelvo a ver
(o por si nunca jamás llegase a suceder)
quisiera que, donde estés, 
sepas que tu querido escapulario
sigue entre mis cosas más amadas y cuidadas...
todo viejito, desteñido y deshilachado,
pero lleno todito él de mi cariño 
y de mis recuerdos más felices
de los días más maravillosos de mi vida gracias a tí.

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