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domingo, 18 de septiembre de 2011

EL CELLISTA...

EL CELLISTA
Fotografía de Francisco Marchena


La pasión desbordaba por sus dedos;
el hombre, fusionado al instrumento,
dejaba en cada nota una parte de sí mismo.

Era como si de repente,
sentimiento y humanidad
se hubiesen materializado y hecho uno mismo
con la madera fina de que estaba hecho tan delicado instrumento.

El cellista subía y bajaba las cuerdas
con la agilidad de una bailarina
pero con la exactitud con que un felino
poseía a su víctima.

No había errores;
ni dudas ni mucho menos vacilaciones.

El hombre sudaba copiosamente mas,
eso era lo que menos importaba.
Los compases en perfecta armonía
se sucedían los unos a los otros.

La suite que magistralmente era interpretada
contenía contrastantes momentos de pasión infinita...
así, tal y como las cuerdas sonaban imitando tal vez,
notas graves y después agudas de algo parecido a una
dulce y nostálgica voz al través de la distancia.

El corazón del cellista se depositaba
en cada uno
de sus movimientos...

Pareciere como si la vida misma le fuera en ello;
porque el don maravilloso que de sus manos surgía
leía la misma partitura
que los ojos
a momentos, olvidaban.

El arco también se movía a la par del apasionado corazón.

El cellista, una vez más...
había surcado el umbral de la vida y la muerte
en todas y cada una de las notas que,
de su frenético y vibrante espíritu
nacían para dar vida por vida
y hacer música de la nada
ante la expectante
y asombrada audiencia anonadada.

El último compás...
los últimos sonidos.

El hombre con los ojos cerrados,
por una vez más
se entregó por completo a su amorosa danza
de vertiginosa armonía,
para hacer de su música
el instante más perfecto de su existencia.
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