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domingo, 11 de septiembre de 2011

EL VIEJO DE LAS PALOMAS...




Fotografía:
GOOGLE IMÁGENES

"Había una vez.."...
Ah, cómo recuerdo que de niña,
así comenzaba mi mamá a contarme
las más maravillosas historias o cuentos
donde siempre lo que prevalecía
al final de su maravilloso relato,
era un aprendizaje o un recuento de que
las cosas buenas, al final del camino,
siempre tendrán su recompensa.

Pues bien, recuerdo que en esa misma época,
a mis hermanos y a mí,
nos fascinaba que mis papás nos llevaran
a los diversos parques que, en nuestra ciudad natal
existen y donde irremediablemente...
nuestra mayor emoción ¡era corretear a las palomas!

En casi todos los parques
(y aún, afortunadamente en la actualidad)
hay mucha gente -por lo regular, mayor de edad-
que suele sentarse en las bancas de los mismos
buscando un lugar de reposo y serena tranquilidad,
mientras observan la vida ante sus ojos
(quizá un tanto cansados) pasar.

Recuerdo mucho... en verdad,
porque jamás se me va a olvidar,
la imagen de un viejecito que, a pesar de verse
muy muy grande, todavía guardaba una gran figura
y fortaleza, amén de una personalidad infinita.

A ese señor,
todos los niños que nos reuníamos a jugar y
corretear a las palomas -o pichones, como solemos
decir aquí, en México-...
todas las tardes lo veíamos estar ahí, solito,
en su banca preferida (junto a una gran jardinera
y frente a la fuente más grande del lugar)
sentado tranquilamente con su bolsita de papel
de donde sacaba innumerables semillitas
o pedacitos de pan, para alimentar a todas las palomas
que a sus pies, se arremolinaban para poder comer
lo que el buen hombre les daba.

Nunca molestábamos a los pichones cuando estaban
con el señor, no;
esperábamos pacientes y muy atentos a todo lo que él
cuidadosamente hacía durante un buen tiempo,
para que ya, alimentadas y cuando comenzaran a caminar
hacia el centro del parque...
¡correr todos desaforados para hacer que todo el palomerío
levantara desesperadamente el vuelo!

¡Era fantástico ver volar a tantos y tantos pichones por doquier!

Sin embargo, conforme fui creciendo...
me fuí volviendo mucho más observadora
de lo que el ancianito hacía cuando terminaba
de dar de comer a todas las palomas que parecían
pedirle más y más pedacitos de pan o semillitas
de las que siempre siempre el señor llevaba.



Se quedaba viendo fijamente a los pichones...
y cada vez que les daba de comer,
les hablaba de manera especial.
Nunca me imaginé que él conociera casi a la perfección
a todas y cada una de las múltiples aves
(que yo veía igualitas la verdad)
dotándoles de nombre y personalidad.

Todas todas, tenían un nombre...
¡un nombre!
Y cuando me dí cuenta, ya no era mi afán o mi interés
esperar a que terminaran de comer para corretearlas.
No.
Lo que ahora yo quería saber,
era por qué "el viejo de las palomas"
(porque así los demás niños y yo, le decíamos)
las trataba como si fueran pequeños niños,
hablándoles cuidadosamente y dándoles con tanto amor
cada pedacito de pan...
cada pequeña semillita...

Y cuando me percaté aún mucho más de lo que acontecía,
pude observar lágrimas en sus viejos y cansados ojos.
Me dió mucho tristeza.

Sentí que el corazón se me estrujaba.
"El viejo de las palomas",
según le pregunté a mis tíos mayores,
era un hombre a quien sus hijos habían abandonado
cuando cumplieron la mayoría de edad y se fueron a estudiar
haciendo sus vidas lejos y dejándole en la más terrible soledad.

Había sido un hombre acaudalado,
pero ahora, no tenía más que su pobre pensión...
la cual, estiraba a más no poder,
para que le permitiera todos los días,
compartir su humilde alimento con sus amigas, las palomas.

Un par de años más pasaron.

Siendo ya una niña grande,
con mis 12 años
acudía yo al parque,
pero para ver al viejo de las palomas
hacer lo que desde muchos años atrás,
estaba yo acostumbrada a verlo hacer.
Mas...
Un buen día, simplemente no llegó.
Volvimos al otro día, y yo con la esperanza de verlo
porque incluso, le había dicho a mis papás que si le
podíamos regalar unas cobijas que no usábamos en casa
porque ya se acercaba el invierno y ahora sí,
se resentía muchísimo más que de costumbre,
la humedad y la baja constante en la temperatura.


Pero nunca más lo ví
y nadie supo decirme a mí
o a mis papás, qué había sucedido con él.




Y sentí que, no nada más las palomas
se habían quedado huérfanas y abandonadas
sin que hubiera quien se preocupara por ellas
llevándoles pedacitos de pan o semillitas día a día...


Y me dolió porque algo que formaba parte de mi corazón,
también se había perdido...
y se había quedado roto para siempre,
porque el viejo de las palomas, seguramente había muerto
y nadie sabía, ni siquiera, en dónde estaría o con quiénes.




Después de dos semanas,
convencí a mis hermanos de que fuéramos nosotros
quiénes les diéramos de comer a las pobrecitas palomas del viejo.




Y desde ese día,
nos dimos a la tarea de tratar de recordar al viejo,
haciendo lo que él, con todo su corazón,
seguramente seguiría haciendo.


Y parece mentira.
Hoy, a casi 60 años de aquélla vivencia,
he retornado al parque de mis travesuras infantiles.


La vida me ha traído nuevamente aquí, a mi ciudad natal
y ahora, no sé por qué...
tal vez, alguien me llegue a decir a mí,
"la vieja de las palomas", ja...
porque me encuentro sentada en la misma banca
que solía ocupar un buen hombre hace más de 50 años
alimentando -como si se tratase de sus hijos-
a los numerosos pichones que aún existen en este viejo parque.


Me río hacia mis adentros...
llevo mi bolsita de semillas y pedacitos de pan
y comienzo a silbarles y a hablarles como si fuera
cualquiera de mis pequeños y dulces nietos:
"Chiquito, ven"...
"Nenita, toma"...
y gruesas lágrimas de nostalgia ahora cubren
mi emocionado rostro...

La enseñanza del viejo de las palomas
estaba ahí, conmigo, emulando lo que veía en él
cuando de niña jugaba y reía...
esperando que terminaran los pichones de comer,
para corretearlos por todo el centro del parque,
así como ahora hacen los niños
que me observan extrañados de que les hable
a mis muy queridas palomas.