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viernes, 7 de octubre de 2011

280 ENTRE TRES...


280 Year ol hands
(Galería fotográfica de ALGO -Alex-)



280 años repartidos en tres...
Realmente la escena era maravillosa
como maravilloso es el acto mismo de vivir
por el simple hecho de existir.

Los tres viejecitos eran inseparables;
se habían conocido en el Asilo "Santa Isabel"
adonde en diferentes épocas y fechas
(así como situaciones de vida)
uno a uno se habían ido incorporando
para -al tiempo- volverse los mejores amigos.

Claro, no podemos decir que jamás había diferencias
o discrepancias de opiniones entre ellos,
porque ¡realmente las había siempre y a cada instante!

Don Crispín era alto y delgado.. en extremo.
Sordo a más no poder,
el buen hombre era cascarrabias y algo desmemoriado
cosa que, para su edad... era casi como un privilegio.

Doña Soledad, Cholita -como le decían todos-
era tan alegre como una castañuela;
siempre cantando e inventando cuentos, historias
¡y hasta chistes de todos los que a su derredor se encontraban!

Y doña Puri (Purificación era su nombre)
era algo así como el punto de equilibrio entre los tres
cuando don Crispín explotaba por cualquier pequeñez
y doña Cholita lo ignoraba y se ponía a cantar
-haciendo que Don Crispín se enojara aún mucho mucho más-
ella intervenía para tratar de que no reventara todo
y tuvieran un impresionante pleito por algo que no tenía importancia.

De hecho, para mí ya era cosa normal
el presenciar sus pleitos y posteriores rabietas.
¡Eran chistosísimos porque primero se enojaban 
y luego ya se les olvidaba el pleito
para seguir jugando o platicando los tres juntitos!

Yo iba a visitar a mi tía Isabel;
Chabelín, como todos le decíamos cariñosamente
cuando de niños, visitábamos su casa.

Mi querida Chabelín ya no podía moverse 
ni mucho menos hablar, 
así que cuando la visitaba,
me regocijaba viendo (y disfrutando, la verdad) 
a estos tres inseparables amigos.

Es que... ¡qué bárbaras!
Las dos viejitas en ocasiones,
bien que se aliaban para hacer repelar a Don Crispín...
tanto así, que en una de las ocasiones
él dejó de hablarles por dos días enteros
aunque, a decir verdad, parecía más castigo para él
que para ellas, ya que juntas parecían ignorarlo eternamente.

Un buen día, en que se festejaba el cumpleaños
de la más pequeña, es decir, de doña Puri
con sus primeras 80 primaveras,
me puse a hacer cuentas de cuántos años 
sumaban las añosas manos llenas de experiencia
de, tan sólo, ellos tres.

Y sí...
ni más ni menos que 280 años entre los tres.

¡Cuánta vida y cuántas vivencias
del ayer de distintas épocas reunidas en esas manos!

Y sinceramente, pedí a Dios con todas mis fuerzas
que pudiera conservar a estos grandes amigos
-así como a mi silente tía Chabelín-
con toda la salud y la lucidez de este presente màgico
donde aún soñar, cantar, reir ¡o pelear!
es lo más maravilloso que, cotidianamente, 
nos puede llegar a suceder.



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