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martes, 8 de noviembre de 2011

Al caer las hojas en otoño...






OTOÑO
(Fotografía de Águeda Carrasco)



La mujer caminó resuelta.
Pisaba con delicada ligereza
las frágiles hojas secas 
que a su paso encontraba.

En su andar de aquella tarde otoñal,
sentía cómo el remolino de emociones
que era su propia vida,
le agobiaban por decir más.

Sabía de antemano que las noticias
quizá no fuesen tan alentadoras; 
sin embargo, jamás se imaginó
que el efecto pudiese ser tan devastador.

Evidentemente, al salir del lugar,
no tenía cabeza para nada en concreto.
De hecho, así fué como comenzó su caminata
sin rumbo fijo por las calles de la ciudad.

Toda su vida...
toda su larga vida había vivido en ese mismo sitio.

Ahí fué una muy felíz niña;
A los años, logró consolidarse como mujer amada
siendo madre de cuatro hijos que,
por azares de la vida, hacía muchos años 
que habían partido asentando sus hogares y familias
muchos cientos de kilómetros lejos de casa.

En realidad y como mujer viuda y jubilada,
sus afanes en la vida eran sus hermosos canarios
y sus perros adorados,
guardianes escandalosos 
y fieles compañeros de su existir.

¿Amigas?...
Sí, un par que aún sobrevivían a los esposos
y demás hijos que tampoco permanecieron en el pueblo.
¿Familiares o hermanos? 
Ya no.
De ésos... ya no se podía platicar más,
puesto que tiempos añosos de su partida
a lugares más placenteros que nuestra propia tierra
habían pasado ya.

La mujer ecuánime y serena 
-acompañada de sus pensamientos 
en activo diálogo interior-
le daba una y mil vueltas a la misma idea...
al mismo pensamiento...
a las mismas palabras que,
momentos antes fuesen escuchadas 
por su mente, pero principalmente,
por su atónito y atribulado corazón.

Seis meses.
Así sin más.
Seis meses sin esperanza alguna
de poder revertir el efecto del tiempo y del espacio
en ella o en todo lo que hasta ahora era y había sido ella.

En su desangelada caminata,
cuando se dió cuenta...
estaba a punto de pisar un cúmulo de hojas secas
acompañadas de pequeñas y muy hermosas
bugambilias recién caídas por el inevitable otoño.

Dulcemente...
se agachó para recoger un puñado de ellas
recién llevadas y traídas por la suave brisa
que en esos instantes del atardecer otoñal se sentía.

Se admiró de su belleza:
aún así...
tiradas en el suelo y todas secas y vulnerables,
¡eran totalmente bellas!

El hecho cruel del caer las hojas en el otoño,
también conllevaban un hermoso mensaje de vida:
la belleza,
en cada pedacito de ser de este universal macrocosmos
que todos llevamos permanece;
la esencia de vida no se pierde
aún estando a punto de fenecer...
incluso a instantes de quedar postrados
y para siempre estaría ahí... 
en el aire...
en el sol...
en el entorno que nos rodea
si lo sabemos apreciar y valorar.

Sonrió con cierta tristeza,
mas de inmediato recompuso el semblante
mostrando entereza y valentía ante la vida:
No importa...
no importa si tan sólo le quedaran seis únicos meses
por vivir y por disfrutar materialmente
de la vida misma y del mundo nuestro...
lo realmente valioso
es la manera en cómo esos meses se volvieran 
totalmente significativos y útiles
no tan sólo para ella, 
sino también, para todos los demás.

Y así...
con un nuevo propósito de vida por cumplir
en todos y cada uno de los días 
de esos seis maravillosos meses que el Creador le regalaba,
la buena mujer comenzó a hacer planes
para compartir no tan sólo su generoso corazón,
sino toda su experiencia de mujer,
de amorosa madre,
de dedicada maestra...
y de honesto ser humano para ayudar de a poquito,
a todos los que quisieran recibir su mano
y su más hermosa sonrisa.






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