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domingo, 27 de noviembre de 2011

La mariposa azul...



MORFO AZUL
Fotografía de Roberto Obregón

La hermosa mariposa azul estaba ahí quieta,
como si nada, ni el tiempo o el espacio
le importasen tan siquiera un poco.

De hecho llevaba yo minutos observándola
para ver cuándo -finalmente-
decidía moverse;
tal vez aletear ligeramente...
pero no.
No se movió ni siquiera al sentir mi presencia.

Y me llamó la atención desde que la ví.

Estaba yo en el jardín
de la casa de mis abuelos como normalmente lo hacía
cuando recibía algún regaño de mis padres o mis hermanos.

Siendo yo la más pequeña de los hijos,
siempre sentí mucha sobreprotección por parte de todos
y como cada domingo después de misa,
el ritual consabido era ir a la casa vieja de los abuelos
a comer con todos para quedarnos ahí hasta la noche.

La verdad es que me gustaba estar ahí;
disfrutaba mucho de la compañía de todos
y más que ninguna otra cosa,
lo que me encantaba era escuchar las historias
que mi abuelo nos contaba a todos:
que si cuando era niño y el bisabuelo era muy exigente con él,
que si la bisabuela era todo amor y siempre cantaba y silbaba...
en fin...
todo todo me parecía fascinante proviniendo de ellos.

Pero...
(ahí viene el "pero" que a todo chamaco le pasa en su vida)
me fastidiaba que mis hermanos se sintieran
más que yo y siempre me corrigieran,
me regañaran o me indicaran lo que tenía o no qué hacer.

¡Me chocaba como no tienen idea!

Y por eso terminaba siempre en el mismo lugar:
sentada en el pequeño patio que daba a un inmenso jardín;
de aquéllos, que afortunadamente aún existen
en algunas casonas viejas de gente buena,
como mis adorados abuelos.

Me gustaba irme al mismo lugar:
a sentarme en mi lugar favorito,
el equipal (un asiento así, grande y cómodo
como los que había antes en los ranchos o haciendas
hechos de cuero trenzado) que era de mi abuelo.

Ahí me sentaba a veces,
sin hacer ninguna otra cosa que esperar
a que se me bajara el berrinche.

Otras veces,
si me daba tiempo de llevarme algún libro,
me ponía a leer alguna novela o cuento
(aunque fuera por obligación por alguna tarea
que me hubiesen encargado en la escuela)
aprovechando la quietud y la paz
que me brindaba ese hermoso lugar
lejos de mis odiosos hermanos.

Sin embargo en aquélla tarde...
-la tarde que les platico,
donde ví a esa bellísima mariposa-
estaba yo intentando dibujar algo de tarea
que me había dejado mi maestro de Arte.

Nos pidió que dibujáramos un sentimiento.

¿Un sentimiento?
¡Vaya tarea!

Ahhh, pero eso sí nos dijo que quedaba prohibido
dibujar corazones y esas cosas, ja...
¡porque dijo que seguramente todos íbamos a hacer
corazones pensando en el amor!

En fin...

El caso es que estaba tratando de pensar qué poder hacer,
cuando ví a esa hermosísima mariposa.

La verdad... ¡es que encantó su bellísimo color azul!
Yo creo que ese azul puede significar tantas cosas...
Puede ser libertad en toda su expresión,
pero también puede ser tranquilidad y paz en la vida...
no sé... muchas muchas cosas,
pero todas bellas y maravillosas.

Y por todo eso,
es que me tenía totalmente atenta a sus pequeños movimientos
(bueno, si es que los hacía,
porque seguía ahí... toda quietecita,
inmóvil...
como si se hubiera quedado ya como estatua
sobre la hoja del jardín en la que estaba)...

El caso es que,
cuando menos lo esperaba...
sencillamente voló con tal rapidez
que ya no pude darme cuenta hacia dónde se fué.

Pero, ¿saben algo?...

Sin querer, la mariposa azul me hizo la tarea,
¡en serio!

Porque cuando por fin voló,
me quedé pensando
en todo lo que ese azul tan profundo como increíble
me hacía sentir y desear.

Y al percatarme de mis pensamientos...
¡pues ahí estaba mi tarea!
Porque mi dí cuenta de que todo lo que pensaba
eran sentimientos que tan sólo verla,
se me veían a la mente y al corazón.

¡Gracias hermosa mariposa azul!
Porque me has enseñado que ciertamente...
los sentimientos pueden dibujarse
en la forma que tú tienes...
la de la belleza de una mariposa frágil y tierna
pero tan hermosa color del cielo o del mar azul.



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