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viernes, 25 de noviembre de 2011

Querido Diario: Hoy ya no pude más...

Si te duele, no te quiere
(Fotografía: Malia León)


Viernes 25 de noviembre:


Querido Diario, no sé ni cómo fué que sucedió
pero finalmente pasó.

Hoy ya no pude más...
Armando llegó anoche igual, como todas las noches
desde hace ya más de 6 meses, totalmente borracho.

Nada más escuchar el motor del carro apagarse
en la cochera de la casa,
hizo que comenzara a faltarme la respiración.

Ya Minerva me lo había dicho una y otra y otra vez:
que desde que lo hizo al otro día de la noche de bodas,
toda mi vida estaba ya refrita.

No le creí, como siempre te dije,
porque de verdad que yo pensé
que como no supe hacer lo que me pidió,
yo lo había hecho enojar y que por eso
todo lo que había sucedido esa noche,
era por culpa mía, la verdad,
y que al paso de los días
mientras más nos compenetrábamos como pareja,
pues eso iba a ir cambiando hasta desaparecer
por el infinito amor que por mí sentía.

Pero no fué así.

De repente, un día así...
sin más ni más
me empujó contra la pared
porque vió una pequeña mancha
en su camisa que acababa yo de lavar
y aunque de inmediato me pidió perdón
y me dijo que no volvería a pasar,
volvió a suceder...
porque si algo no le gustaba o no le parecía
me pellizcaba hasta sacarme sangre
o me jalaba del cabello hasta que llorando,
le tenía que pedir que me soltara.

Luego fué una cachetada
que me dejó marcada su enorme mano
en todo el lado derecho de mi cara
antes de que me pegara la primera vez
con la hebilla de su cinturón
en las piernas 
y tuviera que faltar a trabajar
porque no podía ni siquiera caminar.

Y aunque estaba horrorizada,
siempre trataba de darle la vuelta a las cosas
pensando en qué errores estaba yo cometiendo
y que la tonta era yo
por no fijarme en lo que no le gustaba
y no saber cómo cuidar y tratar a mi marido.

¡Qué equivocación, Querido Diario!
Porque los golpes no me dolieron tanto
como cuando me dijo que ni como mujer servía
aventándome lejos de él,
diciéndome que hasta mi olor le molestaba
al grado de asquearle mi cercanía...
No sabes qué dolor tan grande
en mi corazón,
escuchar que ni siquiera para eso le servía
y yo que tanto le amaba y deseaba estar con él
para hacerlo felíz y demostrarle que a pesar de todo,
yo seguía siendo su mujer enamorada...

Y las ofensas, los insultos,
las groserías...
junto con golpes, flores y regalos
iban y venían como cosa cotidiana
mientras la comida regada por el suelo
y pegada embarrando las paredes
del comedor, la sala y la cocina 
empezaron a ser algo
muy frecuente y hasta normal para mí.

Pensé en su exceso de trabajo y lo estresante de la vida;
pensé en todo eso y mil cosas más porque
por supuesto que siempre me cegó la posibilidad
de pensar en que él cambiaría...

Y ya casi se me olvida decirte
que como bien sabes,
no es el único que trabaja y se cansa,
porque también trabajo y como él
todo el bendito día,
amén de llegar corriendo a casa
 y ponerme como loca histérica
a limpiar y a lavar trastes,
dejar la ropa en la lavadora,
recoger todo su maldito botadero
y hacerle la cena
para que no se enoje conmigo
y me pegue porque no está lista.

Pero hoy, desde muy temprano
el día comenzó mal porque todo fué horrible...
Armando despertó con un dolorazo de cabeza por la borrachera
y no se acordaba por qué le dolía tanto el brazo derecho.
Claro que no le dije que era porque me pegó
hasta que se cansó ayer
cuando llegó nuevamente alcoholizado y todo energúmeno
porque me encontró tallando su camisa vomitada
en lugar de poniendo la cena muy mona
para esperarlo sentadita y arreglada para él
cuando llegara.

Cuando Armando se fué,

¡me salí corriendo para ir a trabajar!
Pero no contaba con que el Lic. Díaz, mi jefe,
me estaba esperando junto al reloj checador;
 ya no se aguantó y muy enojado me dijo
que era mi tercer llegada tarde
a la oficina en la semana
y que no toleraría un retardo más...
pero, que lo que más le molestaba
era que por qué
otra vez iba yo golpeada a trabajar...
¡Te juro Diario, que sentí que me moría de la vergüenza!

Una y otra vez le dije que no sabía por qué me decía eso...
y que estaba equivocado;
que mi marido sí tenía el carácter muy muy fuerte,
pero que era un hombre maravilloso y que yo lo amaba
mucho más que el día en que nos juramos amor eterno;
que esos golpes que hoy tenía
eran porque otra vez, por descuidada,
me había resbalado en la escalera
cayéndome y lastimándome toda.

El Lic. Díaz movió la cabeza
como diciéndome  "qué mal mientes, Celia"
y externó:
"¿Amor eterno?..."
(y me lo dijo viéndome con mirada profunda
conteniendo una rabia infinita):

"Celia..." (y me invitó a sentarme
frente a él en su oficina),
"si te duele... no te quiere, Celia...
no te quiere, mujer, en verdad
¡cuándo te vas a dar cuenta de eso!"...

Yo me quedé mirando hacia abajo
porque no quería que me viera llorar
por el gran dolor no únicamente de los golpes
en todo mi cuerpo...
sino por el dolor de mi alma al verme descubierta
en mis mentiras y mi sufrimiento,
pero principalmente,
en mi cobardía de mujer maltratada
que sin saber cómo,
me hundía más y más y más...

"Licenciado..."
(y de verdad Diario, ya no pude seguir hablando
con mi voz de por sí entrecortada,
porque este dolor tan grande que traigo en el cuerpo,
en el alma y en mi corazón,
ya no me dejaron hacerlo)...

Sencillamente, Querido Diario,
el Lic. Díaz me dijo que si no me salía de mi casa
HOY MISMO...
que me despidiera de mi trabajo,
porque no me iba a recibir otro día más tarde
pero principalmente, golpeada y casi sin poder caminar.

Y lo que más me hizo reaccionar fué
que me dijo:
"Celia... quieres que ese hombre te mate, ¿verdad?
porque ya no tarda en lastimarte de otras formas
porque ningún hombre demuestra su amor con golpes
y maltratos...,
y ese individuo ni siquiera merece ser llamado hombre,
porque no es
sino un monstruo inhumano
que desquita su impotencia y mediocridad en tí
aniquilando lo poco que aún tienes
de orgullo y dignidad"...

"¿Quieres que te mate...?"...
("¿¿¿QUIERES QUE TE MATE???"
resonaba una y otra y mil veces más
en mi adolorida y confusa cabeza)...

Y ahora, Querido Diario...
con el permiso que me dió mi jefe
diciéndole a Minerva que me trajera 
de inmediato a casa por mis cosas,
me doy cuenta de que,
un segundo más aquí
era como firmar un pacto suicida con la muerte.

Por eso te digo, Querido Diario:
Hoy ya no pude más...
y le agradezco infinitamente a mi jefe
y a mi amiga Minerva,
que me abrieran los ojos a la posibilidad
de una vida digna, porque como ser humano,
la merezco...
y porque nadie tiene ningún derecho de poner la mano
sobre el cuerpo, sobre el alma o los pensamientos de los demás,
¡NADIE!...

Pero, ¿sabes?
Perdóname por favor por ya no escribir
aunque te lleve conmigo, Querido Diario,
sinceramente...
de verdad, hoy ya no pude más
y aunque me dió gusto tener el valor
de salirme de ese infierno...
te confieso que ahora estoy temblando
y la verdad,
me dan ganas de regresarme a la casa
porque tengo miedo...
mucho mucho miedo,
y es que cuando Armando se dé cuenta que no estoy
ni mi ropa ni mis cosas,
¡se a enojar muchísimo
y vendrá a buscarme
para castigarme, por no haber estado ahí
esperándolo con la cena lista...!



Por favor mujer,
no lo permitas
¡NI UNA VEZ MÁS...!

(Todos por una vida digna
sin violencia hacia la mujer
ni hacia ningún ser)



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