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viernes, 4 de noviembre de 2011

Y después de los fieles difuntos...


 

 

Fotografía: GOOGLE IMÁGENES


 

Raymunda se quedó observando todo;
ya habían pasado las fiestas de los fieles difuntos
y después de tanta espera y de compartir la llegada
de los nuestros en tan significativos días,
todo había terminado.

Desde la muerte de su amado esposo
(después de 54 años de vida compartida)
y posterior al abandono de su único hijo
quien viajando al "otro lado"
perdiera también todo contacto con él,
la mujer de mirada profunda
quedó tan sola como una cruz en el cementerio.

Era su ritual amado:
preparar todo con anticipación
para esperar amorosamente,
la llegada del único hombre con quien
había compartido todo,
desde ser mujer, madre y compañera...
hasta silente amante desde que la muerte se lo llevara.

Raymunda preparaba todo con sus propias manos:
desde las deliciosas hojaldras con riquísimos
sabores desde chocolate, vainilla o mantequilla
hasta el calientito café con panela
(que tanto le gustaba a su difunto marido)
y los riquísimos dulces de calabaza y de jamoncillo
que medio pueblo siempre le alababan
por la exquisitez del sabor de la pepita
con que los hacía.

No podía faltar tampoco el arroz rojo
que todos los días cocinaba para Martín, su esposo,
quien disfrutaba del mismo haciéndose unos tacos
con las calientitas tortillas recién salidas del comal.

Raymunda, esperaba con ansia estas fechas
más que cualesquiera otra de su vida:
más que la Navidad, porque la pasaba sola...
y más que su propio cumpleaños,
ya que su comadre Rita la invitaba a comer,
pero después del atolito posterior a la comida,
nuevamente se quedaba solita con su alma.

Así que, los días 1 y 2 de noviembre,
Raymunda anhelaba estar ahí, presente...
iluminando con velas el camino regado con pétalos
de cempasúchitl, para que Martín no se fuera para otro lado
equivocándose de vereda,
por no poder ver la que lo
llevaba a casa.

No faltaba tampoco la sal
ni el vasito de agua,
por si Martín llegaba cansado y con sed...

Eran los días más felices de su vida:
Raymunda confeccionaba también el papel picado
con que adornaba su cariñosa ofrenda:
morado,
azul,
verde y amarillo...
sin que faltase el blanco, el rosado
y el anaranjado.

La vida se resumía en estas dos palabras:
"MI MARTÍN"...

Y Raymunda, con los ojos inundados
de puritita felicidad,
seguía cocinando lo que siempre le gustó a su Martín:
Que si el atole de arroz
pa'que si le dolía la panza,
se lo pudiera tomar y le hiciera bien;
que si el champurrado por si tenía antojo...
y tampoco dejaba de colocar sus cigarritos,
ya que después de un buen taco
¡un buen tabaco se echaba el Martín!

Y seguía con el mole de guajolote...
¡pos pa'eso tenía sus totoles ái en el corral!

...

3 de noviembre ya...
Y la triste hora de levantar toda
la deliciosa ofrenda para el hombre de su vida,
había llegado.

Pero Raymunda no estaba triste;
había soñado con el ánima bien varonil de Martín,
quien sonriendo,
le decía que como siempre,
todo lo había quedado bien rico.

Y que no se preocupara...
porque el próximo año,
le prometía que lo pasarían juntos y para siempre
porque ya era mucho sufrimiento estar tanto tiempo
separados, desde que al cielo tuvo que partir.

Y Raymunda, felíz,
comenzó a recoger la amorosa ofrenda.

Ya sabía que ese dolorcito
que tenía tiempo le molestaba tanto,
era el aviso de que pronto,
muy muy prontito...
estaría en los brazos de su muy querido esposo
y para nunca más estar separados
ni pasar otro día de muertos
sin sentir su cariñosa presencia al lado.


                                                             
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