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miércoles, 7 de diciembre de 2011

El bar de Don Emiliano...



Bar Emiliano
Fotografía de Thomas Aleto


Mis recuerdos de cuando era niño
evidentemente están marcados por un lugar
que, aunque ciertamente, no es un sitio para que ningún niño
o adolescente esté ahí, pues irremediablemente
me signan en mi pasado felíz de futuro hombre en ciernes.

El bar de Don Emiliano
era el lugar donde yo siempre estaba
día con día e invariablemente.

¿La razón?
Don Emiliano era mi padrino;
de muy pequeño fuí dejado a su cuidado
por mis padres que se fueron al otro lado
con la promesa de que muy pronto regresarían por mí.

Eso jamás sucedió.

A mi  madre la agarró la migra
luego luego de haber cruzado la frontera;
¿mi padre?...
En realidad no sé bien qué pasó.
Lo único que mi padrino me dijo
fué que se había ido para California y de ahí
a otro lugar que se llama Nevada y que ya no supo más.

Nada...
nunca más tuvimos noticias
ni de ella ni mucho menos de él.

Entonces, Don Emiliano, mi padrino...
pues como nunca se casó ni tenía mujer o hijos,
se dedicó a atender su negocio heredado de su padre:
"EL BAR EMILIANO", cuidando ahora también
a un pequeño niño que se quedó por azares del destino
a vivir con él y prácticamente, para siempre.

Y como yo siendo pequeño no tenía con quién quedarme
en su casa (porque él se pasaba toda la tarde desde la 1
hasta las 4 o 5 de la mañana en la cantina atendiendo)
pues me llevaba con él para que no estuviera solo.

La verdad, contrario a todo lo que se pudiera pensar,
aprendí tantas cosas ahí,
en ese viejo bar de mil y un historias,
pero tan lleno de vida y de lecciones
para cualquier persona que se precie de ser buena...

Aprendí que las mujeres que ahí estaban
no atendían mesas ni estaban con los parroquianos
haciendo gala de su ligereza o pobreza de espíritu o valores,
no; eran mujeres buenas que trataban de ganarse el pan diario
para también poder llevar alimento y algo de dinero a casa
tratando de dar a sus hijos, una esperanza de mejor vida
con su trabajo honrado.
Mi padrino tenía tres cocineras ahí,
porque el bar aunque no parecía,
era muy grande y también daba servicio de cocina
a todos cuantos quisieran comer una sopa caliente
o un buen y sabroso guisado.

También aprendí que hay gente que tristemente
se deja perder por el alcohol
y por la misma razón, pierde el control de su vida
cayendo tan bajo, que ni su propia familia los acepta
ni mucho menos los quiere a su lado.

Ví que también en un bar
se pueden aprender buenos ejemplos
como el de mi padrino, Don Emiliano,
quien a pesar de sólo tener la primaria...
era un hombre respetado por la sabiduría de sus consejos
y por la dignidad con que efectuaba su trabajo
en un modesto lugar que no era una cantina cualquiera.

Yo ahí crecí y ahí me hice un hombre de bien
entendiendo mucho de la naturaleza humana,
de los amores no correspondidos
o de la felicidad de la llegada de un nuevo hijo.

También ahí aprendí a respetar
que cualquier trabajo es decente y bueno,
si lo hacemos con respeto y con honradez,
tal y como mi padrino llevaba el bar
y trataba a todas las personas.

Sé que ahora, al paso de los muchos años
que distan de esa época en que mi maestra Lolita
se escandalizaba de que yo estuviera siempre en el bar,
soy gente de bien;
soy un hombre que sabe lo que es el trabajo rudo
pero honrado, con sudor en la frente
y con ampollas en las manos,
pero del cual jamás afrentarse, 
así... tal y como me enseñó mi padrino, Don Emiliano.

Y por eso, ahora,
cuando voy de visita al pueblo...
no dejo nunca de ir a ver a mi padrino que,
a pesar de ser un hombre ya bastante mayor,
continúa ahí al frente de su bar
sentado al lado de la ancha y hermosa barra de madera
desde donde platicaba (y sigue platicando, estoy seguro)
con todo aquél que deseara desahogar sus penas o problemas
en búsqueda de un buen y sabio consejo
del cantinero más querido de todo el pueblo:
mi padrino... el buen Don Emiliano.




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