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viernes, 23 de diciembre de 2011

El regalo...


Fotografía:
GOOGLE IMÁGENES



Ángela estaba muy nerviosa.

Mujer de personalidad muy predecible y férrea,
no era fácil verla sumida en un mar de nervios
donde pareciere que ni siquiera era capaz de controlar
el más mínimo de los suspiros que emanaban
de su agitada respiración.

Mujer de unos...
(mmmm, ¿qué serán?...
¿tal vez unos 55 años?
Sí, probablemente sí);
bueno, decíamos que mujer de digamos mediana edad
que sinceramente no representaba
-ya que se veía bastante menor-
caminaba sin cesar de un lado a otro
por lo que sin desearlo así,
parecía una chiquilla expectante.

Decía que tenía todo bajo control ¿verdad?
(aunque sabemos que no del todo
como hemos podido advertir
con lo poquito que sabemos de ella);
porque tenía días que no comía bien
y muchas noches ya,
que pasaba prácticamente en vela.

Ella era afable y serena;
muy dulce y comprensiva...
pero de igual manera sabía imponer su criterio
o la misma autoridad que los años y la vida,
con su gran experiencia como consejera familiar,
le habían ya otorgado mas,
la noticia le había dejado más que trémula y desconcertada.

Una misiva:
Pocas letras...
Y una gran esperanza...
Resumiendo, estaba a punto de recibir un regalo.
Ciertamente creo yo, un gran regalo.

Ángela no sabía por qué se sentía así:
demudada,
sin poder articular palabra
o ni siquiera, sin desear -incluso-
hacer lo que es y había sido su gran misión en la vida
que era acudir puntual al trabajo que desde
casi toda su vida realizaba con tanto afán y empeño.

Un regalo...
¡Un regalo, por Dios!
Hacía más de 20 años que nadie le enviaba una carta
y que mucho menos le anunciaba algo tan inesperado
como el recibir un regalo.

La buena mujer ese día no quería ni levantarse;
cuando finalmente decidió ponerse en pie
lo primero que hizo fué verse al espejo
pero así, tal como lo haría una adolescente cubriéndose el rostro
con ambas manos y descubriendo poco a poquito
partecitas de su hermoso semblante de mujer madura
y llena de líneas de vida que el Creador le otorgaba.

Se dijo para sí -y sus adentros-
que qué fea estaba mas,
eso no era verdad.
Lucía muy hermosa...
con toda la plenitud de su maravillosa edad en esplendor.

Ángela suspiró profundamente;
cuando ya finalmente estuvo lista
se apresuró nuevamente a sacar esa carta de su abrigo:
porque la había dejado en uno de los bolsillos de la prenda
que utilizaba el día en que recibió la misiva de la que tanto
ahora estamos hablando.

La observó detenidamente;
la leyó una vez más.
Nuevamente se quedó callada y atenta
como repasando cada una de las grafías
escritas a mano tanto en el sobre
como en el cuerpo de la misma.
La leyó de nueva cuenta;
la leyó otra vez...
Y otra.
Y otra y no sé realmente,
cuántas veces más.

De vez en vez volteaba de reojo
para observar cómo el reloj del estante
parecía hacerla repelar avanzando más lentamente
que de costumbre.

Nicolás...
De repente evocó la imagen de un hombre joven
(bastante joven);
Nicolás había sido el amor de su vida
pero por cuestiones de la vida y del destino
cada uno había tomado caminos muy distintos
y ahora, todo parecía hacerse presente de súbito
revolucionando todo... ¡todo!
Hasta la tranquilidad de su existencia
y los planes que de su devenir había ya ella delimitado.

Nicolás llegaría en poco menos de una hora;
él era el gran regalo que inesperadamente ahora,
Ángela esperaba.
Qué incongruencia, ¿verdad?...
Pero la mujer de semblante afable y sereno
parecía estar al borde de un ataque de nervios
(y ojalá nada más de nervios... en verdad)
ya que el hombre aquél le hacía saber que llegaría
pero ahora sí,
para concluir algo que se había quedado ahí...
como en el aire cuando la historia entre ambos
aún tenía muchos capítulos más que escribir y que contar.

Así que nuestra dulce Ángela
cada vez que escuchaba pasos cerca de la puerta,
¡de un brinco se asomaba cuidadosamente a la ventana!
Claro que, como no era la hora...
pues ella misma sabía que no era de Nicolás
de quien se trataba.

Mas...
Cuando había transcurrido ya algo de tiempo
y el cansancio (y el sueño no conciliado noches atrás)
parecían estar haciendo de las suyas...
un toquido suave en la puerta
hizo que -ahora sí- con el corazón latiéndole más fuerte que nunca,
Ángela casi cayera intempestivamente del sillón
donde dormitaba y se quedara unos segundos respirando profundamente
antes de ir caminando suavemente (primero) hacia el espejo
para recomponerse el peinado y todo lo demás...
para luego continuar su inevitable y tan angustioso
camino hacia la temida puerta.

Lo único que puedo decirles después de todo esto
es que Ángela, al abrir esa puerta
sí recibió un regalo:
el más bello de todos los regalos que jamás hubiera imaginado,
porque desde ese momento,
comenzó a construir una nueva historia con el hombre
que siempre le había amado y que ahora regresaba a su lado
para juntos escribir más capítulos en su bellísma pero aún
incompleta historia de amor para el resto de sus vidas.





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