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sábado, 10 de diciembre de 2011

El vuelo...




TOUCHDOWN
Fotografía de Heiko Jürgens



Parada en el ventanal enorme de la sala del aeropuerto,
no podía hacer más que mirar al través
del enorme cristal que me separaba de mi destino.

No había dudas ni arrepentimientos.

Sinceramente,
aunque todo intempestivamente dió un giro
totalmente inesperado y hasta absurdo para mí,
todo ahora había cambiado.

Había dejado ir al amor de mi vida.
Al único y verdadero amor...
o cuando menos, al que consideraba ser ése hombre único
con quien hubiese querido estar por siempre y para siempre.

A cada lágrima y suspiro contenido
le acompañaba un sentimiento y certidumbre
de haber tomado la decisión correcta y que tenía que ser.

¿Cómo decir eso cuando lo más amado en la vida
se te va de entre las manos
como arena que quieres retener entre tus dedos
pero que ineludiblemente,
se te escurre y se te cae hasta desaparecer?...

El vuelo ya estaba despegando
y con él, gran parte de mi vida y de mi corazón se iban.

Si tan sólo las cosas hubiesen sido diferentes...
Si tan sólo.

Ahora sencillamente me he quedado ahí.
Pasmada.
Triste.
Con el alma recogida en un puñado de recuerdos
que trataban de justificar su existencia
en un cúmulo de sueños jamás realizados.

Así tenía que ser
porque el amor, si no es de dos
pues lógicamente no es amor.

Pero ¿qué estoy diciendo
si el amor qué sabe de lógica
o del deber ser?...

Y sin embargo mi decisión era férrea e inquebrantable,
tal como inquebrantables eran mi fé y mi confianza
pero que, como cristal líquido habiánse desvanecido
a cada palabra y a cada desengaño...

Y por eso,
con el último tramo de pista recorrido
antes de que el avión totalmente levantara el vuelo,
desde mi enamorado corazón,
te digo adiós y ahora sí,
por siempre y para siempre, mi amor.

Y te amo...
Dios sabe cuánto te amo...
pero es mejor así.


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