Buscar este blog

sábado, 3 de diciembre de 2011

La hermosa mirada de un Corazón de Cristal...


Fotografía:
GOOGLE IMÁGENES



Lalito tenía la mirada fija en algo;
desde la ventana de la casa
me daba perfectamente cuenta
de que estaba observando
 -desde hacía un buen rato-
alguna cosa que captaba completamente
su (muchas veces) distraída atención.

Lalito era mi hermanito de 10 años;
tenía una hermosa mirada que en ocasiones,
hasta parecía que sus ojos cafés
se tornaran color miel
pero cuando los rayos del sol le daban
-no sé de qué manera-,
hasta se le veían los ojos dorados, en verdad.

Mi hermanito Lalito era un ser lleno de amor;
de esas hermosas personitas que,
con una sonrisa o con una simple mueca,
hacían que tu mundo se volteara para volcar en él
no nada más toda tu atención,
sino todo tu cariño y todos los buenos sentimentos
que en tu corazón pudieses albergar.

Recuerdo bien que al poquito tiempo de que nació,
mi mamá siempre decía que su bebé
era hermoso y lleno de bendiciones
porque tenía un gran corazón de cristal.

Yo le llevaba pocos años a mi hermano,
pero el celo normal de cualquier niño que se ha dado cuenta
de que ha llegado un nuevo bebé a la familia,
se apoderó de mí por completo
haciendo que me volviera berrinchudo y hasta llorón
porque lo que yo quería, era que mi mamá
volviera a centrar todos sus afanes en mí,
su primer hijo amado y consentido...
y no en un pequeño bebé dormilón que se la pasaba
llorando o comiendo para estar con ella, mi mamá,
que ahora también era la suya.

Si embargo, en muy poco tiempo
me dí cuenta de que de verdad ese bebé malcriado y llorón,
sí era un regalo de nuestro Papá Dios
que había llegado a casa porque verdaderamente
era un niño especial.

Y a pesar de que con la llegada de Lalito
mi padre había encontrado el pretexto perfecto
para abandonarnos así, de un día para otro
sin que jamás volviera a preocuparse de nosotros
ni de darnos nada (incluyendo el saludo
porque cuando años después lo veíamos en la calle,
lo primero que hacía era voltearse hacia otro lado
o abrazar a sus nuevos hijos con los que sí vivía
y a los que sí quería y abrazaba amorosamente al caminar)...
aprendí que ciertamente, mi pequeño hermanito
había llegado a nuestras vidas para cambiarlo todo,
pero todo para ser mucho mejor que antes
y rodearnos de cariño y cosas buenas por siempre.

Lalito me quería mucho;
era tan cariñoso que siempre que yo llegaba de la escuela
ya estaba esperándome junto con nuestra perrita Raisa,
(regalo de nuestro tío Tavo, hermano de mi mamá)
ahí sentaditos los dos en el quicio de la puerta de entrada
de nuestra pequeña pero tan cálida casa
a la que con todo nuestro amor,
le decíamos jugando "nuestro cuartel de los soldados"
haciendo enojar a mamá cuando le decíamos
que parecía un señor soldado cuando nos regañaba.

A muy corta edad,
entendí que hay niños especialmente creados
para llevar amor y solamente amor
a los hogares en que sus familias les esperan
cuidándolos y prodigándoles cariño y atenciones,
por el tiempo en que sea destinado por Diosito
o por la vida, para que estén entre nosotros y a nuestro lado.

Mi mamá siempre estuvo orgullosa de sus dos muchachos
-como todas las noches nos decía después de leernos
el tan esperado cuento que nos contaba día a día
sentada entre las dos camitas de nuestro cuarto a Lalito y a mí-
estuviéramos creciendo a su lado,
queriéndola mucho y siendo muy buenos niños
porque no había día o noche,
o minuto e incluso hora de la jornada...
en que ella amorosa, dijera cuán felíz era de que Papá Dios
le hubiese enviado a dos amorosos angelitos
para que fueran sus guaruritas y compañeritos de vida:
o sea, Lalito y yo.

También con el tiempo, aprendí que Lalito
aunque era muy querido por muchos,
despertaba también comentarios desagradables en mucha gente.
Gente tonta e ignorante que al verlo pasar,
se hacía a un lado viéndolo con el más grande de los desprecios.
Yo no entendía por qué y me le quedaba viendo a mi mamá
quien orgullosa de sus hijos, caminaba altiva y feliz
de la mano de sus dos extensiones de vida.
Lalito era tan tierno y tan inocente...
que a pesar de que lo vieran con recelo y hasta con asco,
les sonreía con la más bella y cándida de sus sonrisas
mientras yo enojado, ¡hubiera agarrado a piedrazos
a quienes le hacían tantas groserías a mi hermanito!

Pero también, al paso de los pocos inviernos
que Lalito y yo compartimos juntos con mamá...
también él me enseñó cuál era su misión en nuestra vida:
hacernos muy felices tanto con sus toscos abrazos
o con sus melosos "te quiero"
-a pesar de lo ronquito de su voz-
con los que me apachurraba todito
hasta dejarme casi morado y sin respiración
¡cosa que a Lalito le daba mucha risa
porque me decía que él era mucho más fuerte que yo
y que siempre me iba a ganar en las fuercitas y abrazos!

Pero una noche mi mamá me llamó a su recámara
cuando Lalito ya se había dormido;
tenía tiempo que seguido se enfermaba
y aunque siempre mi padrino Daniel (que era nuestro doctor)
venía a casa de inmediato en cuanto mamá le hablaba,
parecía que no le hacían efecto las medicinas ni las inyecciones
que todas las noches mi tía Tere le ponía.
Ya me había dado cuenta también,
de que mamá tenía ya muchos meses con cara triste;
pensé que era porque también tenía tiempo sin poder dormir
y creía yo que quizá era por mucho trabajo y poco descansar.
Sin embargo... mamá esa noche que me llamó a su cuarto,
estaba llorando mucho y se le veía mucho más triste que siempre.

Muy dulcemente, me extendió los brazos
y me dijo: "Pepito... ¿me das un abracito, mi amor?"
y me acercó amorosamente a su pecho.
Aunque no entendía por qué mamá estaba así,
algo me decía que se trataba de Lalito,
porque yo lo veía peor cada día que pasaba
ya que por las noche, se la pasaba tosiendo y tosiendo
y había días en que no quería jugar ni platicar
ni abrazarme como siempre lo hacía diciéndome
"Pepito... te quiero mucho hermanito, te quiero"...

No me acuerdo a qué hora me ganó el sueño.
Cuando desperté en la cama de mamá ella ya no estaba
y lo que más me extrañó era que no levantara
para llevarme a la escuela.
Pero algo más no estaba bien:
escuché la voz de mi padrino Daniel, de mi tía Tere,
de mi tío Tavo, de mis abuelitos y de mucha gente más...
pero no oía la voz de Lalito...
la voz de mi amado hermanito.

¡De un salto brinqué de la cama
y me fuí corriendo a nuestro cuarto a ver a Lalito,
porque seguramente se había puesto más mal
y yo ni cuenta me había dado!
Cuál no sería mi gran y triste sorpresa,
al ver a mamá abrazando a Lalito toda llorando y llorando...
y Lalito ahí, como dormidito pero con las manitas sueltas
y así... sin moverse, sin hablar, sin reirse...
sin respirar.

Mi hermanito se había muerto...
¡mi hermanito se había muerto
y yo no había estado ahí con él para ayudarlo!
¡Sentí que era mi culpa y que si yo no me hubiera quedado
dormido en el cuarto de mamá,
tal vez Lalito estuviera ahí esperándome
o gritándome para que fuera a verlo como siempre me hacía...!


Mi tío Tavo se dió cuenta de mi reacción
y rápidamente se avalanzó hacia donde yo estaba
diciéndome algo que nunca olvido y que al paso de los años,
recuerdo a la perfeccción:
"Pepito... Lalito ya se convirtió en angelito
porque Papá Dios únicamente nos lo prestó un ratito
para enseñarnos que hay personitas como tu hermanito
que nacen para darnos amor y mucho mucho amor...
No tienes de qué sentirte mal, m'ijito...
porque Lalito desde que nació, estaba destinado a vivir
tan sólo un poquito entre nosotros
para enseñarnos a ser mejores personas
y a quererlo mucho mucho y recordarlo siempre..."...

Muchos años tuvieron que pasar
para que realmente entendiera que no había sido mi culpa
y que Lalito, en verdad, desde que nació
tenía predeterminado llegar a nuestras vidas
únicamente para enseñarnos a amarlo y a amarnos más
entre todos nosotros.
Lalito era un niño Down.
Y ahora sé que todos esos hermosos niños
tienen una hermosa mirada
dulce y amorosa, pero que también poseen
un enorme corazón de cristal,
con el que día a día, no pretenden otra cosa
más que hacernos ver que aún es posible vivir con amor
en este mundo que cada vez, se vuelve más difícil.

Lalito me dió la lección de mi vida...
la de que todas las personas somos iguales,
ciertamente...
mas, aún mucho más cierto es eso de que Dios
sí nos envía angelitos en la forma inocente de algún niño
amoroso, dulce y especial como lo era mi hermanito
y como lo son todos los niños Down
y todos aquellos que poseen alguna discapacidad
o enfermedad o condición que pareciera les hace ser distintos,
pero que en la vida diaria nos dan lecciones de valentía,
lecciones de orgullo y de lucha tenaz y digna;
lecciones de amor y de inocencia
y la posibilidad de creer en la bondad de los corazones
y más aún, siendo hermosos corazones de cristal
como el de mi querido y tan extrañado hermano Lalito.
Publicar un comentario