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lunes, 5 de diciembre de 2011

Los días de guardar...




LITTLE NUN MEXICO
Fotografía de Thomas Aleto




La pequeña niña con el rostro constreñido y preocupado,
esperaba su turno para subir a la plataforma
que llevaba la representación en ese día
de las fiestas del pueblo.

Palmira y su hermana menor, Jacinta,
tenían ya rato esperando el momento
en que Leónidas y los señores encargados
de su carro alegórico,
les dijeran que ya tenían que subir
para entonces salir a la calle principal
e iniciar su acostumbrado recorrido.

Siendo fiestas con origen en cuestiones de fé,
las dos hermanas desde muy niñas
se habían ya habituado a formar parte
de las comitivas de las diferentes representaciones
y escenas que trataban de reproducir
en cada plataforma adornada como carro alegórico.

Sin embargo, 
en ese año, algo no iba bien
y ambas niñas lo sabían;
de hecho, todos quienes las conocían
podían perfectamente advertir 
que en esa precisa ocasión,
no había emoción
ni alegría o expectación
como solía existir siempre desde los preparativos
de tan tradicional desfile en el pueblo.

Jacinta y principalmente Palmira,
tenían el semblante serio y descompuesto;
para las dos niñas, ese año había sido
muy difícil por la pérdida de su abuelo
-tras penosa y terrible enfermedad-
y más aún, por la inesperada muerte de su madre
en el accidente donde al desgajarse el cerro,
la enorme piedra que cayó, 
tristemente aplastó al camión que ahí pasaba
exacta -e infortunadamente-
del lado donde su madre y otra señora iban sentadas.

Leónidas, el padre de las niñas
(y de otros cinco varones de diversas edades)
nunca se había caracterizado por ser lo que se dice
un buen padre.
Cierto es que nunca faltó el alimento en casa
mas, el amor y el cariño que cualquier niño puede esperar
únicamente lo recibían de su dedicada madre
mas, tras la muerte de ella,
de súbito todo cambió sin que ninguno de los chamacos
pudiera entender por qué las cosas tenían ahora
que ser así de diferentes, de difíciles y de dolorosas.

Leónidas era muy trabajador,
pero también "le gustaba mucho el trago" 
(como dicen en el pueblo)
y lo que es peor, que desde la muerte de Amelia,
secretamente tenía otra mujer...
quesque pa'mitigar el dolor de la muerte de su esposa.
En fin...
Mas lo triste del asunto era que a la Manuela
(de quien ya todos sabían en el pueblo)
la nueva mujer de Leónidas,
no le gustaba saber de las niñas
y le exigió a Leónidas que las mandara al convento
si es que quería "casorio" pronto.

Y las niñas -a escondidas de su siempre embriagado padre-
habían escuchado tal mandato 
de tan despreciable mujer
ante la perdida mirada del hombre aquél
tan lleno de debilidad como de alcohol por dentro.

Y ésa era la causa de su honda pena
(y más ahora, vestida Palmira así para poder participar
y representar su papel en el carro alegórico)
y de que entonces, ese año tanto las fiestas del pueblo
como todos los días santos y de guardar,
sufrieran en silente unión
por no poder ni siquiera contar con sus hermanos
ya que, siguiendo el mal ejemplo del padre,
habiánse ya iniciado tanto en los trabajos
(dejando la escuela, contra lo que siempre peleó su madre)
como en "la tomadera"...
¡y ellas sin poder hacer nada!

Su única esperanza era que llegara antes de la Navidad
su madrina Carmela, a quien -sin decirle a nadie-
habían llamado por teléfono 
desde la casa del Padre Miguelito,
el párroco del pueblo, que sabedor de la triste situación,
ofrecía lo que sus limitaciones le permitían
ante la actitud tan negativa y cerrada de Leónidas
tras varias pláticas que él, como sacerdote, 
intentó sostener con el hombre en cuestión.

Finalmente,
Jacinta y la abrumada y desmoralizada Palmira
más unidas que nunca,
destinaban los últimos días de guardar del año
para rezar e implorar afanosamente 
que llegara pronto... ¡muy prontito su madrina Carmela!
Para entonces, tal vez...
dejar de pensar en que su padre seguiría buscando 
la manera de deshacerse de ellas,
encontrando un lugar a donde depositarlas.






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