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jueves, 1 de diciembre de 2011

LOS TELÉFONOS PÚBLICOS (y todo cuanto dicen y cuentan...)...



PUBLIC TELEPHONES
Fotografía: 3AMMO


Era ya demasiado tiempo esperando:
el vuelo se había retrasado mucho más
de lo que a cualquiera de nosotros nos gustaría esperar;
muchísimas caras de fastidio podía yo advertir.

Realmente no nada más para mí,
era totalmente chocante e inaceptable
el que una vez más,
la aerolínea se hubiese retrasado por horas...
¡horas ahí esperando!
¿Acaso tienen la más mínima o remota idea
de lo que es tener que hacer de tu incómodo asiento
tu mesa, tu sillón de descanso,
tu obligada cama y hasta tu provisional casa?...

La verdad, aún para mí,
un tipo acostumbrado a dormir
prácticamente en cualquier lugar
porque me encanta andar de "mochilero"
yendo a visitar amigos que conozco por todas partes
quedándome por aquí y por allá
y hasta habiendo dormido en establos y gallineros,
¡hasta para mí ya era totalmente tediosa
e insoportable la permanencia (casi casi) infinita
en la sala de espera de los vuelos internacionales!

Quizá por esa razón,
es que comencé a fijarme en la gente alrededor.
Por ejemplo, junto de mí,
había una pareja que recién nos instalamos en esa sala,
estaban lo más meloso y románticos que podemos pensar.
Todo era risitas tímidas, miraditas que chorreaban miel...
abracitos y caricias en el rostro, el cabello de la chica;
besitos en sus manos... en fin, ¡la apoteosis de la cursilería!
Ahhh, pero después de las nueve horas que ya teníamos ahí,
¡ni siquiera volteaban a verse!...
¡Qué risa me dió!
Porque hasta ella se buscó un lugar lo más lejano
del fulano en cuestión, como para desintoxicarse un rato,
mientras él, no sé cómo se las ingenió,
para poder extender un pequeño cobertor en el suelo
y acostarse ahí un buen rato durmiendo a pierna suelta.
Por aquí y por allá
había gente y más gente.

¡Daba igual porque todos tenían
la misma sensación de hartazgo y desesperación
que yo experimentaba!
Matrimonio mayores todos resignados
a tomar sus medicinas en vasitos de papel;
mamás jóvenes estresantemente neuróticas
tratando de controlar niños corriendo
(o llorando) por los pasillos de la sala...
¡Era un caos!

Pero enfrente de mí,
estaba la sección de teléfonos públicos;
sinceramente, aún todo cansado y fastidiado...
sentí un enorme interés y mayor curiosidad
por tratar de entender las razones y por qués
de todos los que ávidamente,
se habían abalanzado hacia los teléfonos públicos
como tratando de que nadie les ganara su lugar
ni la maravillosa oportunidad de asirse a uno de esos aparatos,
como si de la pura acción, pendiense su propia vida.

Pues bien, decía que frente a mí estaban los teléfonos;
eran cinco con sus respectivos usuarios
los que, con la pura expresión del rostro, decían tantas
y tantas y tantas cosas...
que la verdad, mejor me quedé viéndolos y observándolos
con todo detenimiento y calma
(puesto que teníamos todo el tiempo del mundo
al no haber todavía ningún viso de que pudiese algún vuelo
destinarse para todos los que estábamos ahí, esperando
por muchísimas horas ya).
Bueno, el caso era que en un principio
-como les platicaba-
los cinco teléfonos ahí dispuestos,
estaban más que abarrotados;
con largas hileras de personas con la angustiosa necesidad
de poder comunicarse con alguien
quizá (asumo) para decir que aún seguíamos ahí,
en el aeropuerto y que no teníamos hora de volar.
Después de un muy buen rato
(ya era casi la madrugada y yo,
con el ojo pelón por haberme dormitado a ratitos
durante la tarde y parte de la noche)
únicamente quedaron cuatro personas ocupado
precisamente solamente cuatro aparatos telefónicos.
En el primero una mujer que tenía ya bastante rato
poniendo y poniendo monedas para continuar su tan
interminable conferencia. Todo el tiempo estuvo así:
de espalda hacia mí, lo cual no me hacía mucha gracia
porque yo no podía verle la cara ni mucho menos sus expresiones
ni el semblante que tal vez cambiara según lo que escuchara
o ella contestara.

En el segundo estaba un chico de playera blanca;
este muchacho no tenía mucho en el teléfono...
porque no sé cuál sería la razón, pero al parecer,
no había podido comunicarse nunca, ya que marcaba y marcaba
y nuevamente colgaba e intentaba de nuevo volviendo a marcar.
De vez en vez revisaba un papel que guardaba en el bolsillo
de su pantalón igual de gastado y sucio que el mío,
como verificando no equivocarse de número al cual hablar,
mas, su afán por poder establecer comunicación,
no había logrado hasta el momento...

La tercer cabina telefónica realmente llamaba mi atención
mucho más que cualquier otra escena de la sala de espera:
era un tipo más o menos como yo, por cuanto a la edad
(y quizá las circunstancias... en realidad, no tengo idea);
él también tenía poco de iniciar la conversación que considero yo,
ha sido la más sufrida que he podido evidenciar en toda mi vida...
porque se sentaba en el estribo del soporte de la cabina,
se volvía a parar, se agachaba...
manoteaba con desesperación y trataba de mil y un formas
de explicar, de darse a entender...
de hacerse comprender -pienso yo-
tal vez hacia su amada esposa, mujer o novia.
El pobre estaba angustiadísimo... intentando (no sé...)
convencerla de algo o más bien, de que no existía ese algo.
Realmente me ponía todo estresado ver el sufrimiento
de aquél pobre diablo.

La cuarta no tenía a nadie...
¡milagrosamente!
Y la quinta también estaba ocupada con otra chica;
una chica que lloraba y lloraba como asustada.
Me he puesto a pensar que probablemente
era su primer vuelo o algo así...
y con tan mala suerte para la pobre niña
que ahora ya íbamos para las once horas esperando
y esperando y esperando...
entonces creo que, al hablar con la familia
o sus seres queridos, sus miedos, la frustración del momento
y su nerviosismo afloraron, haciendo que no pudiese contener
un llanto aprehensivo y copioso...
porque un buen rato se quedaba con la bocina al lado
(tal vez escuchando a la mamá calmándola o algo así)
y solamente movía la cabeza asintiendo
mientras sus lágrimas corrían una tras otra
por todo su acongojado rostro.

Y así me la pasé un buen tiempo hasta que el sueño
y el cansancio de esa interminable jornada me invadieron
mas, antes de abandonarme al sueño en brazos de Morfeo
me puse a pensar en cuán cierto es aquello de que,
tanto las sonrisas, como las lágrimas
¡y ahora hasta los teléfonos públicos!,
siempre tienen una pequeña o gran historia 
-como tenga que ser-
con un fondo de vida que contar,
que escuchar
o simplemente... observar.

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