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viernes, 30 de diciembre de 2011

Por la senda donde caminases...




Petals
(Fotografía de DITAO)



El hermoso camino estaba pletórico
de bellísimos pétalos púrpura,
rosa, rojo carmín y demás colores 
que realmente invitaban a no pisarlos.

Con un día tan bello como radiante
que hacía, 
sinceramente la caminata
se hacía algo más que obligado;
se había vuelto 
como una necesaria parte de mi vida
en la cual,
tarde a tarde...
el recorrido habitual parecía renovarse a cada paso dado.

En cada pequeño suspiro,
en cada leve respiración 
nuevamente la misma causa: tú.

Por sobre todas las cosas,
siempre tú.
Y pedirte un por qué
entiendo ahora, era demasiado...

De todas maneras,
el amor era y permanecía;
por sobre todas las infinitas razones,
tú, tú y siempre tú.

La romántica vista de este paseo
era inevitable:
a cada frágil respiración la evocación de tu imagen
era totalmente recurrente;
la senda donde yo caminaba
era la misma que tus pasos habían marcado algún día
igualmente soleado como éste.

Y con tus recuerdos en mi corazón
y por la vereda donde otrora caminases...
seguiré con la dulce evocación
y melancólica remembranza
de un pasado que aún no dejo atrás
asido a un presente que desea vivir a futuro
sin nada en tí que lo llegase a atar.



miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA SOLEDAD...



A SENSE OF LONELINESS
Fotografía de Ditao





Una solitaria hoja roja...
No había mejor metáfora en todo el mensaje
que se podía advertir en esa grisácea plasta
en la que, de manera inusual,
se encontraba la pequeña hoja.

¿De qué extrañas maneras se había posado ahí
la insignificante hoja roja?...

No había forma de saberlo;
mas...
lo que sí era evidente,
es que era bella,
muy bella en verdad.

Aún siendo tan pequeña...
tan breve en espacio como en dimensiones,
era perfecta y delicada,
así...
tal cual pensamos que las cosas hermosas
quizá debieran ser:
frágiles y totalmente arrobadoras.

La pequeña hoja hizo algo inimaginable:
sin que ella, como hoja que es,
pudiera tener la intención de lograr un cambio en algo
(o alguien, porque díganme cuándo una hoja ha tenido
la facultad de incidir en un cambio actitudinal
o conductual en las personas... ¡por favor)...
y de lo que hablo,
es que sinceramente...
al ver a esa cosita tan chiquita y frágil
como perdida en esa inmensidad gris pareciera
que se perdería o que tal vez, incluso,
llegaría a desaparecer su esencia...
pero dotaba de vida todo a su derredor.

¡Sí!
¡Era verdad!
La metáfora de la hoja roja simbolizaba
la vida entera, porque donde parecía que no había más...
ahí estaba, a manera de una pequeña mancha roja
una señal de que había vida...
y si había vida entonces,
había emociones,
sensaciones,
sentimientos...
vivencias, recuerdos, anhelos,
¡esperanzas y un sin número de cosas bellas
y maravillosas por vivir, sentir, experimentar,  tocar,
soñar y principalmente, amar!

Nunca pensé que mi vida estaría ahí,
plasmada en ese muro de tablones opacos y sin mayor
trascendencia que ser de un color sobrio y apagado;
mas... la fortuna que hizo que esa hojita color rojo
se hubiese quedado ahí,
quizá pegada por la fuerza del viento
o tal vez, por un capricho del mismo destino...
ha hecho que me de cuenta de que no puedo seguir
por la misma senda.

Que no debo seguir siendo el mismo:
el mismo que se queja de estar tan solo
y no hacer nada por remediarlo;
el mismo que se burla hasta de la propia comedia que se vive
sin ni siquiera intentar cambiar la orientación
de la brújula con que guío mis propios pasos.

Que una esperanza...
por muy chiquitita que ésta sea,
brinda la maravillosa posibilidad de pintar de color
un horizonte estéril y yerto...

Y que mi vida...
ésta vida que yo tengo en mis propias manos,
depende únicamente de mí;
de mis decisiones y de mis emociones...
de mis sensaciones y de mis aprehensiones...
pero más aún y más allá de todo ello:
que mi vida será más vida
si me atrevo realmente a vivirla con pasión y entrega infinita.

Porque la pequeña hoja roja,
es mi corazón que no quiere dejar de latir,
que no quiere dejar de vibrar
a cada suspiro contenido o dado;
que no quiere dejar de sentir ni mucho menos...
dejar de soñar...
porque la soledad, ésa compañera de todos los días,
siempre estará en mí
más...
lo importante es asumirla y encontrar ésa otra parte,
con quien compartirla para así,
hacer de la soledad mía,
una soledad compartida y hasta anhelada
en un arranque de histeria no de uno individualizado
sino amorosamente de dos siendo uno...
amando y soñando,
viviendo y vibrando...
siendo y existiendo...
unidos por la misma necesidad de tanto amar.

domingo, 25 de diciembre de 2011

La casa del lago...



Fotografía:
GOOGLE IMÁGENES
(Mastora 182)


Cuando la ví, no pude sino pensar en ella.
Me refiero a cuando ví esta imagen,
de inmediato me remontó a una película que hace muchos años
pude ver (y de hecho, no en el cine, sino en video)
llamada así... "La casa del lago".


En realidad me gustó mucho;
hay gente -entre ellos mi familia, por cierto-
a quienes les parece una película, incluso, falta de un hilo congruente
en toda la trama por cuanto a la paradoja en tiempo y espacio
que se maneja durante la misma.


A mí, siendo muchas de las veces tan racional como lo soy,
sencillamente me encantó.
¿El por qué?...
Quizá sea porque de entrada, los dos actores protagónicos
me resultan sumamente agradables y carismáticos:
Sandra Bullock y Keanu Reeves.
Ella por ser tan polifacética en sus actuaciones
y él, simplemente porque me recuerda muchísimo a mi hermano.
Mi hermano físicamente se parece mucho a Keanu
(aunque él no lo reconozca ni le guste escuchar este comentario
de su gran  parecido físico con este actor).


El caso es que esta fotografía me gusta mucho.
Y a decir verdad, la película también;
me gusta mucho el guión...
la historia eterna de un amor entre dos tiempos y espacios
por muy incierta e ilógica que resultase la paradoja real.
Me gusta también la parte idealista y romántica de un amor así:
al través de cartas...
de hermosas y sentidas letras que, a falta de poder decir
de frente a la persona que se está convirtiendo en parte de tu vida
todo cuanto se siente viéndole a los ojos...
pues las consabidas palabras amorosas y llenas de todo
lo que se desea hacer sentir y saber,
se brindan generosamente
y a manos profusas y plenas,
llenando de la forma más dulce, un inocuo papel en blanco.

Así que...
por ahora dejo este pequeño pensamiento
acerca de una película intrascendente
y sin mayor afán, más que el de hacer pasar un buen rato
de romántica nostalgia...
deseando tal vez,
llenar el espacio de un corazón,
con la esperanza de algún día compartir un amor así
y para siempre...

sábado, 24 de diciembre de 2011

viernes, 23 de diciembre de 2011

El regalo...


Fotografía:
GOOGLE IMÁGENES



Ángela estaba muy nerviosa.

Mujer de personalidad muy predecible y férrea,
no era fácil verla sumida en un mar de nervios
donde pareciere que ni siquiera era capaz de controlar
el más mínimo de los suspiros que emanaban
de su agitada respiración.

Mujer de unos...
(mmmm, ¿qué serán?...
¿tal vez unos 55 años?
Sí, probablemente sí);
bueno, decíamos que mujer de digamos mediana edad
que sinceramente no representaba
-ya que se veía bastante menor-
caminaba sin cesar de un lado a otro
por lo que sin desearlo así,
parecía una chiquilla expectante.

Decía que tenía todo bajo control ¿verdad?
(aunque sabemos que no del todo
como hemos podido advertir
con lo poquito que sabemos de ella);
porque tenía días que no comía bien
y muchas noches ya,
que pasaba prácticamente en vela.

Ella era afable y serena;
muy dulce y comprensiva...
pero de igual manera sabía imponer su criterio
o la misma autoridad que los años y la vida,
con su gran experiencia como consejera familiar,
le habían ya otorgado mas,
la noticia le había dejado más que trémula y desconcertada.

Una misiva:
Pocas letras...
Y una gran esperanza...
Resumiendo, estaba a punto de recibir un regalo.
Ciertamente creo yo, un gran regalo.

Ángela no sabía por qué se sentía así:
demudada,
sin poder articular palabra
o ni siquiera, sin desear -incluso-
hacer lo que es y había sido su gran misión en la vida
que era acudir puntual al trabajo que desde
casi toda su vida realizaba con tanto afán y empeño.

Un regalo...
¡Un regalo, por Dios!
Hacía más de 20 años que nadie le enviaba una carta
y que mucho menos le anunciaba algo tan inesperado
como el recibir un regalo.

La buena mujer ese día no quería ni levantarse;
cuando finalmente decidió ponerse en pie
lo primero que hizo fué verse al espejo
pero así, tal como lo haría una adolescente cubriéndose el rostro
con ambas manos y descubriendo poco a poquito
partecitas de su hermoso semblante de mujer madura
y llena de líneas de vida que el Creador le otorgaba.

Se dijo para sí -y sus adentros-
que qué fea estaba mas,
eso no era verdad.
Lucía muy hermosa...
con toda la plenitud de su maravillosa edad en esplendor.

Ángela suspiró profundamente;
cuando ya finalmente estuvo lista
se apresuró nuevamente a sacar esa carta de su abrigo:
porque la había dejado en uno de los bolsillos de la prenda
que utilizaba el día en que recibió la misiva de la que tanto
ahora estamos hablando.

La observó detenidamente;
la leyó una vez más.
Nuevamente se quedó callada y atenta
como repasando cada una de las grafías
escritas a mano tanto en el sobre
como en el cuerpo de la misma.
La leyó de nueva cuenta;
la leyó otra vez...
Y otra.
Y otra y no sé realmente,
cuántas veces más.

De vez en vez volteaba de reojo
para observar cómo el reloj del estante
parecía hacerla repelar avanzando más lentamente
que de costumbre.

Nicolás...
De repente evocó la imagen de un hombre joven
(bastante joven);
Nicolás había sido el amor de su vida
pero por cuestiones de la vida y del destino
cada uno había tomado caminos muy distintos
y ahora, todo parecía hacerse presente de súbito
revolucionando todo... ¡todo!
Hasta la tranquilidad de su existencia
y los planes que de su devenir había ya ella delimitado.

Nicolás llegaría en poco menos de una hora;
él era el gran regalo que inesperadamente ahora,
Ángela esperaba.
Qué incongruencia, ¿verdad?...
Pero la mujer de semblante afable y sereno
parecía estar al borde de un ataque de nervios
(y ojalá nada más de nervios... en verdad)
ya que el hombre aquél le hacía saber que llegaría
pero ahora sí,
para concluir algo que se había quedado ahí...
como en el aire cuando la historia entre ambos
aún tenía muchos capítulos más que escribir y que contar.

Así que nuestra dulce Ángela
cada vez que escuchaba pasos cerca de la puerta,
¡de un brinco se asomaba cuidadosamente a la ventana!
Claro que, como no era la hora...
pues ella misma sabía que no era de Nicolás
de quien se trataba.

Mas...
Cuando había transcurrido ya algo de tiempo
y el cansancio (y el sueño no conciliado noches atrás)
parecían estar haciendo de las suyas...
un toquido suave en la puerta
hizo que -ahora sí- con el corazón latiéndole más fuerte que nunca,
Ángela casi cayera intempestivamente del sillón
donde dormitaba y se quedara unos segundos respirando profundamente
antes de ir caminando suavemente (primero) hacia el espejo
para recomponerse el peinado y todo lo demás...
para luego continuar su inevitable y tan angustioso
camino hacia la temida puerta.

Lo único que puedo decirles después de todo esto
es que Ángela, al abrir esa puerta
sí recibió un regalo:
el más bello de todos los regalos que jamás hubiera imaginado,
porque desde ese momento,
comenzó a construir una nueva historia con el hombre
que siempre le había amado y que ahora regresaba a su lado
para juntos escribir más capítulos en su bellísma pero aún
incompleta historia de amor para el resto de sus vidas.