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domingo, 22 de enero de 2012

La casa de doña Chana...


Puerta con gloria
Fotografía de Roberto Obregón





La casa de doña Chana estaba ahí;
con los colores deslavados,
la misma puerta fuerte de madera vieja
y el árbol florido decorando la entrada.

Acababa de llegar al pueblo
y lo primero que hice fué recorrer el mágico lugar.

¿Dije "mágico", verdad?...
Pues sí; para mí lo era
y desde toda la vida lo había sido,
aún cuando hubo momentos de tristeza
o sufrimiento en mi corta vida en ese hermoso pueblecito.

Recuerdo con nostálgica alegría
los veranos cuando todos los chamacos
nos íbamos al río,
a veces con permiso y otras más,
¡pues no importaba que fuera a escondidas de todos!

Lalo, Gustavo y Emilio eran mis mejores amigos;
todos los días, después de la escuela
con la srita. Rosalía, nuestra maestra de quinto año,
queríamos irnos corriendo a la poza.
Ahh, porque también había una poza no muy profunda
pero con agua riquísima y helada...
¡lo más fresca que podíamos querer por los calorazos!

Y como la poza quedaba enfrentito de la casa de doña Chana,
pues ella siempre nos cuidaba de reojo;
que dizque se ponía a regar las plantas,
que a veces a lavar la loza de la entrada...
que si a colgar la ropa o a coser sentada ahí en su silla
frente de nosotros...
¡en fin!

El caso es que la buena mujer
no había día en que, cuando estábamos en la poza,
no estuviera bien pendientita de todo
y de todos nosotros.

Era una mujer buena pero de carácter muy fuerte;
regañona como ella sola... ¡en verdad!
pero como todos sabíamos que sus hijos,
-sus dos únicos hijos-
habían muerto ahogados en la poza...
pues bien que entendíamos su preocupación
y hasta le agradecíamos que,
se nos quedara viendo con ojos de generala,
como queriendo darnos un super sermón cuando salíamos de la poza
y que día a día o tarde a tarde,
nos cuidara y vigilara como no queriendo hacerlo.

Y por eso es que ahora,
después de casi 20 años fuera del pueblo,
lo primero que estoy haciendo es, después de recorrerlo todo,
visitar la casa de esa muy buena mujer
que nunca dijo nada,
pero nos prodigaba cariñosas miradas de alivio,
todas y cada una de las veces en que,
sanos y salvos,
salíamos contentos y echando relajo,
mis amigos y yo, de la tan temida poza.

Doña Chana había muerto hacía 5 años;
me había partido el corazón no haber podido estar ahí,
en su funeral, al que fue casi todo el pueblo...
bueno, casi todos los viejos del pueblo,
porque evidentemente, la gente nueva,
pues no la conoció mucho y menos conoció de su triste historia.

Con todo mi cariño,
querida doña Chana...
vengo a depositar, en cada una de mis nostálgicas miradas,
el cariño y las palabras que nunca,
como chamaco que era,
me atreví a decirle...
aún sabiendo que todo cuanto hacía,
lo hacía por nosotros y por nuestro bien.

De aquí hasta al cielo...
mirando esa puerta con las gloriosas flores
que tanto alegraron su vida,
le agradezco tantos cuidados
y severas vigilantes miradas...
porque espero que estas palabras lleguen
hasta donde
usted esté...
así, tranquila y serena,
y sepa que desde esta tierra,
un niño de ayer,
agradecido y conmovido...
le llevará en su corazón, por siempre.



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