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martes, 17 de enero de 2012

Sólo siluetas...




Sin título
Fotografía de Makis Siderakis



El hombre nuevamente estaba ahí, imperturbable.

Tarde a tarde -invariablemente-
(y aproximadamente a la misma hora)
se le podía ver ahí,
fumando, a la orilla de su pequeña embarcación
y disfrutando de un ocaso más frente al apacible mar.

Hacía más de 10 años que,
perdido en esa parte selvática de la isla
y acompañado por los vaivenes de las olas del mar,
el hombre solía filosofar acerca de su vida;
vivía entre la nada y alejado de la civilización
únicamente arropado
por sus propios pensamientos
y preso de sus recuerdos más añosos 
y hasta dolorosos.

Parecía ser cosa resuelta su vida:
sin mayor preocupación más que el trabajo diario
y con todo a favor por el estilo de vida en solitario
que desde que recordaba, había decidido llevar.

Un "amistoso ermitaño"
(solía nombrarse para sus adentros)
era como él se consideraba,
ya que ciertamente para efectos de su trabajo
debía socializar con muchas personas
ya fuesen de constructoras o de otro tipo de negocios,
mas...
cuando el trabajo acababa,
pareciere que la función social 
-a manera de interruptor eléctrico-
se desconectara en automático
para volver a su ensimismamiento
y a su tan cuidada soledad.

A lo lejos...
muchas de las veces, 
la gente de los alrededores ya sabía que,
la silueta que se veía en el horizonte,
era la del solitario hombre
que vivía en la cabaña cercana a la playa.

En otras de las ocasiones,
cuando de repente 
-más lejos aún-
veían sólo siluetas pasar...
eran las del hombre corriendo
seguido por sus fieles compañeros,
sus perros tan queridos...
los que trotando trataban de no ir muy rápido
para ir más que nada cuidar su paso junto a él.

Así era su vida...
¡y eso a él le encantaba!

Amores y desamores;
dinero, fortuna y hasta cierta fama en el gremio...
una vida plácida con una buena mujer
y lo que -a futuro-
eso le representaba.
De eso, ya nada quedaba
porque solo y con sus más recónditos sentimientos
el hombre se había ido a refugiar
a ese lugar agreste y hasta inhóspito
pero tan placentero y benévolo para él.

Y solamente siluetas
sería lo que, por mucho tiempo más.
seguirían viendo los lugareños
cuando a lo lejos,
divisaran una barcaza con un hombre
acompañado por sus dos fieles amigos:
sus bravos y celosos perros, 
compañeros de cien mil batallas diarias
y de una que otra botella
bebida en compartida y tan cuidada soledad.








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