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lunes, 20 de febrero de 2012

José Fernando, el niño de al lado...





Fotografía:
Google Imágenes




Cuando se es niño, creo que todo es más fácil;
de hecho, lo es...
aunque quizá no todo sea tan simple 
o sin importancia como solemos pensar o asumir.

Más bien, todo es importante
aunque probablemente por la etapa en ese punto de la vida nuestra,
restamos la seriedad que cualquier asunto de esos
en realidad conlleva.
Honestamente, así considero nos sucede a todos
-aunque, con los años, ahora sé que no debiera ser así-.

Para mí, hablar de mi primer año de la escuela primaria
es recordar a una querida maestra; mi Maestra Chelito
-de quien luego, en otro momento platicaré-;
pero también es el recordar una escuela que únicamente conocí
durante ese largo año en que también,
cursé por única vez la escuela por la tarde, 
es decir, 
en el turno vespertino
(cuando normalmente acudimos a la escuela por las mañanas)...

Todo eso forma parte de ese año de mi vida.
Muy pequeña, a decir verdad,
ingresé a esa escuela primaria, la "Escuela Orizaba"
(porque tenía 5 años durante el inicio de ciclo escolar;
5 años y muchas ganas de estudiar
-según me platica mi mamá divertida
(o al menos es lo que siempre me han hecho creer)-.

El por qué de haber cursado solamente ese año
en esa escuela, fué razón de tener un muy buen año.

En aquéllos tiempos,
la "Escuela Orizaba" era considerada de las mejores
y mi querida Maestra Chelito
como una de las maestras de excelencia...
de aquèllas, 
de "la vieja guardia".

Recuerdo muchas otras cosas
como por ejemplo que era una escuela de gobierno u oficial
(o pública, como también es habitual nombrarle)
donde iban niños y niñas.
Curiosamente, mi primer año de educación primaria
lo cursé con varones también como compañeros de clase
cuando el resto de los años de mi escuela primaria y secundaria,
retorné al colegio de monjas de donde provenía
donde eramos únicamente niñas y más niñas por doquier.

Uno de los recuerdos más grabados que tengo de ese bonito año
es el rostro de uno de mis compañeritos de clase,
la cara y el nombre -de pila solamente- del niño de al lado
en mi banca de madera vieja y gastada:
José Fernando.

Así, José Fernando a secas (como decimos en México
cuando no tenemos ningún otro comentario que agregar)
puesto que no recuerdo sus apellidos.

De él, tengo pequeñas instantáneas
como su sonrisa o su vocecita ronca,
de niño pequeñito como èramos todos.

También me acuerdo perfectamente de su semblante afable
y su color de cabello.´

De repente recuerdo su risita
cuando eramos víctimas de sus bromas
mis amiguitas y yo;
él, muy divertido, solamente nos veía y seguía riéndose.

Es todo lo que en mi memoria vive de él
y de ese año tan distinto en mi naciente vida de escolar.

Por supuesto, nunca volví a saber de él.

De hecho,
muchos años después,
uno de mis mejores amigos se le parecía físicamente un poco
y según yo, también tenían el mismo apellido;
pero no, me decía que no tenía ningún hermano 
de ese nombre ni primo o familiar alguno.

El caso es que José Fernando siempre en mi mente
seguirá siendo "el niño de al lado",
porque como decía líneas arriba,
compartimos la banca en ése nuestro primer año de primaria
que recordaré como un año único y especial
tanto por mi Maestra Chelito 
como por las vivencias con compañeritos como él
a pesar de nunca volver a coincidir en nuestras vidas.









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