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viernes, 23 de marzo de 2012

La discusión...



 


 
Fotografía:
3AMMO



La discusión se estaba tornando tortuosa;
tenían más de dos horas tratando de llegar a un acuerdo.
Y no.
Nada; nada que las cosas se calmaran.

Evidentemente,
la chica del frente, acalorada y moviendo las manos,
intentaba convencer a su interlocutora
de algo que, al parecer, no daba resultado.

La otra muchacha, aunque realmente no podía verla bien,
seguro estoy de que debía tener el rostro serio y molesto;
y lo digo con tal certidumbre porque la ví varias veces,
mover la cabeza como negando todo lo que escuchaba.

La del frente, parecía perder casi la paciencia;
gesticulaba exageradamente mientras daba sorbos al café helado.
La otra, por el contrario, casi no hablaba
y creo yo debía tener un temple de acero
y una paciencia infinita para soportar el discurso necio
(a mi parecer por el tiempo que llevaban ahí)
de la otra que, toda alterada, decía y vociferaba
cada vez con voz más alta.

Tanto los demás parroquianos
como los jóvenes meseros que atendían el lugar
de repente cruzaban miradas significativas conmigo
y con todos los demás, porque realmente esto se estaba haciendo
cada minuto más molesto e incómodo para todos.

Cuando pasaron casi otros 30 minutos
de estoica paciencia de la chica callada
y de puro bla,bla,bla de la otra...
estuve a punto de levantarme para pedirles,
de la manera más atenta,
que siguieran su "plática tan personal"
en otro sitio para que se sintieran más cómodas
-aunque en realidad, lo iba a hacer por nosotros
los comensales, no tanto por ellas, en verdad-,
sin embargo, algo sucedió de repente
que hizo que todos calláramos y discretamente,
hiciéramos como que no nos dábamos cuenta de nada.

La chica alterada...
sí, la que no paraba de manotear, gesticular ni hablar,
de súbito comenzó a llorar y a llorar.
Su amiga, le estiró la mano
y de forma cariñosa, comenzó a hablarle...
como queriendo calmarla diciendo que, tal vez -pienso-
todo estaría bien.

La muchacha que lloraba
le decía que no había sido su intención lastimarla...
(nadie de todos los ahí reunidos
sabíamos a qué se refería, pero realmente ya
estábamos tan adentrados en su drama
que, sinceramente pienso que aliviados,
queríamos que todo acabara...
y que terminara bien para las dos)
e insistía en que olvidara todo
y que por favor la disculpara.

Todos evidenciamos la nobleza del alma
de la otra muchacha:
la chica se levantó de su lugar y con mucho cariño
la abrazó diciéndole que no nada más eran amigas,
sino que recordara que siempre seguirían siendo hermanas
y que la familia perdona todo y permanece eternamente junta.

Y se fundieron en un cálido abrazo...
un abrazo que puedo asegurar,
todos disfrutamos y valoramos,
porque ciertamente, ningún problema,
ninguna situación...
ninguna nada, debe ser más fuerte
que el amor y el cariño de los hermanos
donde siempre debe prevalecer
la familia por sobre todas las cosas.

Y viendo tal escena,
de un sorbo grande terminé mi espresso
y dejando el pago al joven que me atendió,
me levanté de la silla
con una sonrisa genuina y satisfecha en mi rostro...





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