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miércoles, 21 de marzo de 2012

La pequeña lectora...


Fotografía:
Google Imágenes




Después de tanto y tanto meditar
qué libro sería el mejor para llevárselo al jardín,
la pequeña niña se dispuso, cual formal lectora,
a iniciar su viaje hacia la literatura.

No era difícil verla en esa situación
(ni mucho menos en esa postura
en la parte trasera del jardín de su casa)
donde tarde a tarde, después de las tareas de la escuela...
se preparaba para, sin que nadie la interrumpiese,
iniciar una lectura más.

Muy chiquitita había aprendido a leer;
ciertamente, le gustaba hacerlo y disfrutaba intensamente
de las historias de castillos, de princesas y de apuestos príncipes
que noche a noche, su cariñosa madre le contaba amorosa,
con la finalidad de que la nenita tuviese dulces sueños.

Y así, el gusto se volvió un hábito
y el hábito rutinario,
al paso de los días y los meses,
se convirtió en la absoluta pasión
de su corta vida.

Florina -a quien no se sabe por qué carambas
le decían desde muy niñita Pita-,
era una ávida lectora de no únicamente libros de aventuras
o de amor donde el príncipe apuesto y galante,
salvaba siempre a la dulce, indefensa e inocente princesa.

¡Por supuesto que no!
Ahora también disfrutaba como no se imaginan
de las lecturas un tanto más profundas y a la vez
con matices emotivos y hasta dolorosos,
en libros clásicos como los de Mark Twain o Charles Dickens.

También, tiempo le faltaba para concluir uno a uno
los libros que, en casa de sus padrinos, siempre encontraba:
ya fuesen de Julio Verne, de Emilio Salgari o de Walter Scott,
por mencionar solamente a algunos de sus autores favoritos.

Y a pesar de su corta edad,
Pita también ya había comenzado a leer los tradicionales clásicos griegos:
por ahora, el libro que ocupaba todos sus afanes
(y también todos sus espacios libres después de la tarea)
era la Odisea donde estaba maravillada por adentrarse a un mundo
de dioses y de seres mitológicos;
de monstruos terroríficos y de hermosas musas,
así como de batallas épicas entre los dioses y los humanos.

Para Pita no había mayor goce en sus alegres días
que leer, leer y leer...
tanto así que últimamente, ya no salía a jugar
con los niños de la cuadra,
cosa que realmente
comenzaba a preocupar a su joven madre quien,
efectivamente se encontraba muy orgullosa de su pequeña lectora
pero, también estaba algo preocupada porque Pita
ya no quisiera ni convivir con los demás niños de su edad.

Sin embargo, al ver la carita de felicidad de Pita,
su mamá dejaba de preocuparse tanto...
total, quizá más adelante la nena se diera tiempo
tanto para continuar con su amoroso gusto por la lectura,
como para también convivir y jugar con sus amiguitos.
¡Cosas de niños!

Y así...
la dulce y pequeña Florina...
Pita, para su mamá y sus amiguitos
(y todos cuantos la conocían)
mientras los demás niños correteaban por doquier,
continuaba acercándose más y más,
al maravilloso mundo de los libros de esa manera...
haciendo suyas las historias que de cada mágica página
se desprendían para llevarla hasta los rincones más lejanos
del mundo de la historia, la fantasía y la hermosa imaginación
porque ella había nacido para ser, desde muy chiquitita:
la pequeña lectora...








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