Buscar este blog

miércoles, 4 de abril de 2012

El cuarto de la tía...




BEHIND
Fotografía de Alda Cravo Al-Saude



El cuarto de la tía era todo un misterio para nosotros;
desde que tuve uso de razón,
esa habitación era algo totalmente prohibido para mí 
y para todos los primos que nos reuníamos domingo a domingo.

La tía Toñeta era una señorita muy distinguida,
pero aparte de toda su natural elegancia y de su personalidad
tan recia como imponente...
tenía un carácter insoportable y todos le huíamos
porque realmente, en ocasiones, era muy muy enojona.

La tía -de toda la vida- nos tenía amenazados 
con acusarnos con nuestro abuelo
si alguno de nosotros, teníamos la osadía de entrar 
a su habitación, porque como siempre nos decía,
era un lugar privado y que pertenecía solamente a ella
y a nadie más... ¡nadie más!

Para nosotros (y más a esa edad de adolescencia
terrible, curiosa y traviesa en que si algo te es prohibido,
¡pues más quieres saber de él! Nos daba risa que se pusiera así,
tan sangrona, exigente y regañona... la verdad.

Así que, una vez en que salió de viaje durante tres días,
yo, que vivía con mi madre y mis abuelos
en la misma casa que mi tía Toñeta, pues tuve la gran idea
de invitar a mis amigas del colegio a tener "una gran aventura":
¡entrar al cuarto de la tía!...

Por supuesto que cuando decidí tal cosa, 
a nadie le dije, porque si mis abuelos o mi mamá
se hubieran enterado... ¡tremenda regañiza me hubiesen dado!
Así que, convencí a mi mamá de invitar a mis amigas a comer
porque "dizque" teníamos que hacer un trabajo en equipo.

El caso es que comimos -¡y muy rico que le quedó a mamá todo!-
y de inmediato le dije a mis abuelos que quería enseñarles 
mi habitación a mis compañeritas, porque trabajaríamos
en el estudio donde yo hacía las tareas
y pues, yo no quería que pasara la oportunidad de que todas
pudieran ver mi cuarto y mis muñecas.

(Aunque he de decirles que, todo lo de mi cuarto y las muñecas
solamente era un pretexto,
ya que el cuarto de mi tía quedaba exactamente al fondo
del pasillo donde estaban ubicadas las recámaras)...

Total que, sigilosamente...
todas nos salimos de mi habitación
para entrar calladamente en la de la tía Toñeta;
¡cuál no sería nuestra sorpresa al ver una hermosa habitación
llena de cojines de todas formas y con delicados encajes por doquier!

También nos sorprendió ver una bellísima colección 
de muñecas que (me imagino) eran muy antiguas...
¡tan antiguas que ninguna de nosotras las quiso tocar
por temor a que quizá se desbarataran o algo así!

¡El cuarto de la tía era la habitación más linda 
que en toda mi vida había yo podido ver!...

Y antes de irnos...
porque la verdad, ya estando ahí, me invadió una sensación
de remordimientos... por estar invadiendo lo que la tía siempre decía:
su espacio, su lugar...
pues, lo último que alcancé a ver, 
fue una fotografía de muchos años ya
con un hombre en ella. 
Tal vez era la foto de ese hombre del que yo recuerdo,
en ocasiones la tía y mi abuela platicaban...
diciendo mi tía que él había sido su único gran amor,
mientras se limpiaba discretamente una lágrima...

Así que... pude hacer mi travesura,
pero honestamente, me sentí mal por el resto de los días;
y los días se hicieron semanas 
y las semanas meses y finalmente años.

Nunca a nadie le dije acerca de mi atrevimiento...
de mi falta de respeto hacia la habitación y los recuerdos
de esa señorita tan estirada que siempre fué mi tía;
y antes de morir...
tengo muy presente que ella me mandó traer:
yo ya era una joven universitaria
y la tía, aunque nunca fué cariñosa conmigo,
pues, por haber convivido conmigo a fuerza de compartir
el espacio y los momentos en casa de mis abuelos,
quizá algún aprecio especial me llegó a tener.

El caso es que, cuando me mandó a traer,
ella ya postrada en su lecho de muerte...
no pude sino ponerme a llorar pidiéndole perdón
por haber faltado de niña, a su instrucción
de no penetrar su santuario (ahora así yo lo entendía
al paso del tiempo y de las vivencias ya personales)
viendo y adentrándome en sus recuerdos más queridos
como entrañables y añorados.

La tía se sonrió y con una dulzura que jamás había
yo podido advertir en su señero rostro,
con mucha dificultad tomó una de mis manos
y me dijo muy suavemente que ya lo sabía...
que se había dado cuenta porque sin querer,
tal vez con las prisas (no sé)...
habíamos movido sus cojines y uno de ellos
se había caído y quedado en el suelo.
pero que nunca me quiso decir
esperando yo se lo dijera mas... que ella entendía
y que solamente deseaba darme lo que más había amado:
la fotografía del hombre que se había llevado su corazón
y con quien ya estaría y para siempre.

Y haciéndome la seña de que acercara ese viejo portarretrato,
me pidió lo conservara por siempre
para que de esa manera, también ella estuviera presente
en mi vida y en mi corazón...
y diciendo eso, ella murió.

A la fecha conservo todos esos recuerdos;
sus palabras y su hermoso y antiguo retrato...
porque sé que, donde esté mi tía Toñeta,
ya está también al lado de su amado...
y así, cada vez que yo lo vea a él en esa vieja fotografía,
sabré que también ella se encuentra felíz a su lado
y colgada de su amoroso brazo...





Publicar un comentario