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miércoles, 10 de octubre de 2012

Aquellos inolvidables atardeceres con mi entrañable amigo...




Sin título
Fotografía de The Mr. Gnu


Siempre he pensado que, 
de tener un segundo mejor amigo,
tendría que llamarse Gary...
sí; Gary y ningún otro nombre más.

¿Segundo mejor amigo?
Así es.

Porque mi amigo Gary fué mi compañero de vida
durante muchos muchos años...
en que compartimos desde los sinsabores más básicos
y elementales,
como las vivencias más profundas y significativas
que todo hombre, 
desde su niñez y adolescencia,
comienza a descubrir y,
posteriomente, a experimentar.

Y, como se puede todo el mundo imaginar,
Gary  formó parte vital del microcosmos
que todo ser humano comienza a construir
en la compañía de ése mejor amigo, 
fiel e incondicional,
con el que siempre se cuenta en todo momento
y en cualquier lugar o circunstancia.

Tarde a tarde,
Gary y yo,
nos íbamos corriendo a la playa que se encontraba
en las inmediaciones del barrio donde nací.

Gary...
por evidentes razones, 
siempre me ganaba
me esforzara lo que me esforzara.

Y los años pasaron y pasaron.

Mis años de niñez se fueron quedando
en los recuerdos maravillosos de jugueteos en la playa
con mi muy querido amigo,
siempre conmigo...
siempre contento...
siempre dispuesto y sin decir nunca que no
a todo cuanto se me ocurriese.

La terrible adolescencia llegó, 
e intempestiva
como un torrente tropical,
también se fué dejándome las primeras experiencias
de mi recién descubierta hombría
así como de los placeres de dormir y amanecer
en brazos dulces y cálidos
sin que Gary jamás dijese nada...
aunque de repente,
con la mirada me reprochaba ciertas cosas
que, en su ya madura edad,
seguramente sabía que no eran correctas del todo
e incluso, en nada adecuadas.

Y luego...
mi querido amigo,
hecho yo ya un hombre 
que de los errores y fracasos 
comenzaba a aprender...
de formas que no lograba yo entender,
se mostraba distinto y sin ánimos como antaño;
sin que pudiese yo hacer nada por él
llegó su involuntario adiós.
Así...
Sin avisar...
Sin perdonar...
Sin poderlo evitar.

Por eso ahora, digo,
con toda la emoción que su recuerdo me brinda,
que de tener un segundo mejor amigo
también debería llamarse Gary, como él...
como mi querido perro,
mi compañero de toda la vida 
desde ésa, mi muy querida niñez temprana,
hasta ésta mi vívida presencia terrena 
de hombre adulto que
mucho hubiera dado...
por tener la posibilidad,
por pequeñita que fuera...
de conservar un poco más
la muy querida vida de mi amigo,
mi incondicional compañero... 
de todas las horas y momentos...
mi inolvidable y entrañable, perro fiel.



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