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jueves, 15 de noviembre de 2012

SALOMÉ... (Fotografía de Fano Quiriego)




Salomé
Fotografía de Fano Quiriego



Salomé y su profunda mirada...
-la mirada que aún hoy día,
me acompaña a cada momento 
y a cada instante de mi vida-.

Una y otra vez
(y en verdad, 
de forma recurrente)
ésa triste mirada
me sigue los pasos...
sí,
desde aquél viaje de adolescencia
que nunca he podido olvidar.

Remordimiento a morir...

Eso es lo que acompañó mi triste viaje de retorno
del lugar aquél donde me encontraba.
Y recuerdo bien las cosas:
Llegamos todos juntos, expectantes y sumamente emocionados;
era la primera vez que hacíamos un viaje con los misioneros
y los maestros de la escuela.

¡Era increíble pensar en que iríamos como a una aventura
sin que estuvieran nuestros padres ni nuestros odiosos hermanos
como para regañarnos por todo!

¡Al fin haríamos algo diferente y divertido
como ayudar a los "pobres"!

Qué equivocados estábamos...
 o cuando menos,
qué equivocada yo estaba.

Desde que llegamos
una sensación de desolación y de infinito vacío
fué lo que se anidó en mi estómago 
(honestamente)
pero, principalmente,
en mi corazón.

Algunos de mis compañeros
comenzaron a reclamar a los maestros
y a los misioneros, con caras de asco y de incredulidad
por haber aceptado "ésa locura" de ir con los pobres;
¡cuánta estupidez y cuánta pobreza en el corazón!

Los misioneros, los maestros
y la gente del lugar,
les recriminaban duramente con la mirada
aquéllas actitudes tan absurdas y egoístas:
se asqueaban de que había tierra...
de que los niños se acercaban sonrientes
y que, con las manitas sucias y llenas de costras de lodo
ya seco por la falta de agua,
deseaban saludarlos y hacerles sentir como en casa.

Todo eso les molestó y les indignó.

Y a mí también.
Pero no porque hubiesen querido acercarse
amigable e inocentemente aquéllos niños tan bonitos
como dulces y juguetones. No.
Lo que a mí me indignó era la falta de sensibilidad
de todos mis -en aquellos días- amigos desde la niñez.

Y me dió coraje.
Y me dió vergüenza formar parte del grupo de personas
que se hacían a un lado cada que un pequeño niño
intentaba abrazarlos o tomarlos de la mano.

Y, entre todos ellos,
estaba Salomé.
Sí, la pequeña y seria niña de los ojos enormes
y mirada profunda...
como profundos y eternos,
serían los remordimientos que me llevaría 
(y para siempre)
por quizá, haberme acobardado en un primer instante
y no tomarla entre mis brazos a ella
o a cualquiera de los otros niños del lugar.

Pero, me llené de valor
y al otro día, desde que me levanté,
no me importó que los demás me vieran mal
o que incluso, dejaran de hablarme y me ignoraran.
Me integré a los misioneros y a los maestros;
ayudé a preparar lo que jamás en casa
me había interesado hacer o aprender...
preparé algunos desayunos y hasta les dí en la boquita
de comer a los más chiquititos,
entre los que estaban, los hermanitos de Salomé.

Y ya...
el tiempo pasó y,
afortunadamente para mis examigos
(y tristemente para mí)
nos tuvimos que regresar.
Y aunque quise ganarme la confianza de Salomé,
ella no olvidó el primer rechazo que le hice...
y nunca quiso volver a acercarse a mí,
viéndome así...
seria,
inquisitiva,
desconfiada...
dura y a la expectativa
a pesar de su corta edad.

Y por eso, tengo grabada la mirada de la pequeña Salomé
en la mente, en mis recuerdos, 
en mi espíritu y más que nada,
en mi corazón arrepentido.

Pero gracias a ella es que ahora soy lo que soy.
Ella definió mi vida y mi sendero
porque ahora dedico mis afanes a ayudar
a cuantos puedo y me lo permiten...
¿y....?
¿Salomé?...

¿Qué fué de la pequeña de la dura mirada?

No lo sé, mas...
desearía vehementemente poder saberlo,
para quizá hacer algo por ella o por los suyos mas...
a pesar de buscarla, jamás pude dar con ella
o con alguien de su familia.

Así que Salomé siempre está presente
en mi vida, en mis recuerdos...
y terriblemente,
en mis remordimientos aún.



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