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miércoles, 16 de enero de 2013

Ésos labios...




LIPS
Fotografía: Delia Hernández


Aquélla noche, 
fué una noche atroz.

En realidad, el hombre daba vueltas 
y vueltas y vueltas en la cama.

Es terrible no poder conciliar el sueño;
en efecto.
Sin embargo,
lo más preocupante es tener un pensamiento fijo
dando de vueltas en la cabeza
(pensaba para sus adentros).

Una y otra vez,
la misma imagen se le presentaba
de forma incesante
y hasta -diríamos-
terriblemente insoportable
a pesar de su belleza
y de todo cuanto generara su misma evocación.

Ésos labios...
Sinceramente
-y muy a su pesar-
el hombre no podía dejar de pensar
en aquélla provocadora imagen
que días atrás le atormentaba.

La había visto en una tienda departamental;
era una mujer que, de entrada,
llamaba mucho la atención.
Sería quizá su personalidad,
su serena belleza...
en fin y a saber.
En realidad
el hombre no podía definir qué era lo que más
le gustaba de lo que en ella había visto.

Sin embargo...
lo que le dejó sin aliento
fué observarla a lo lejos
de qué forma tan delicada,
tan femenina...
tan sutil,
tomaba unos brillos labiales.

Cuando se aplicó el color rojo
sus palpitaciones se aceleraron
al extremo de desear
de una mordida,
probar lo que parecía un fruto prohibido...
dulce...
jugoso e incitante,
como incitante también estaba resultando
desear saber quién era ella
y depender del aliento cálido y suave
con sabor a la delicia de amar
que seguramente se desprendería de su boca.

La esperó y pacientemente
hizo tiempo para intentar abordarla
cuando fuese el momento.

Una pequeña distracción
y el mundo se desmoronó ante sus incrédulos ojos:
¡se había ido!
¡Por más que intentó localizarla con la vista,
la mujer de los carnosos y rojos labios,
ya no estaba!

Rápidamente salió de la tienda
y a pasos agigantados recorrió la plaza comercial:
subió y bajó a velocidad inusitada
mas... todos sus esfuerzos fueron en vano.

Y pasó un día
y pasó otro más.

El hombre en las siguientes semanas
acudió al mismo lugar a la misma hora
-al principio-
y a diferentes después.
Pero nada.
Nunca más la volvió a ver.

Y desde el día en que dejó de buscarla
en las tiendas y en la plaza,
inició el recurrente sueño visto y vivido
a plena conciencia,
puesto que ocurría dentro de su insomnio 
involuntariamente impuesto,
por su absurda necesidad de volverla a ver.

Y preocupado...
únicamente se limitaba a esperar
el caer de la noche
para saber que,
inefablemente...
la misma visión le acompañaría
en una sesión más de desvelo no deseado,
pensando afanosa y obcecadamente
en la misma imagen incitante:
ésos labios, Dios mío...
¡ésos labios!



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