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miércoles, 25 de septiembre de 2013

LA NIÑA Y EL ROBOT: Érase una vez... (ilustración de Sohfia)




Sheeta and the Robot
by SOHFIA




Desde tiempos añosos,
-cuando aún existía verdor 
en ciertas partes del planeta tierra-
todavía se tenía la maravillosa costumbre de contar historias
a diversas horas del día y,
principalmente,
a la hora de dormir;
de leer cuentos a los niños
(muy a pesar de que su vida,
desde prácticamente el momento de su -todavía- 
concepción biológica y casi natural)
a pesar de que -en términos generales-
su vida estaba ya regida por un control supremo
que dictaba la normativa de conducta,
de supervivencia y de desarrollo
de los seres humanos y no, 
en la faz de la tierra
(y las demás colonias en el resto de la parte conocida
y explorada del infinito universo).

Pues bien,
dentro de estos tiempos actuales
en donde se centra esta hermosa historia 
de una amistad inimaginable...
donde uno de tantos mecanismos de servicio 
para el engrandecimiento de la humanidad,
fueron siempre, los complejos robóticos en todas sus formas,
manifestaciones y dimensiones, claro,
como elementos y herramientas de uso y satisfacción
para los consumidores en general...
se dió la extraña e inconcebible relación fraternal
entre un inmenso complejo robótico
(el modelo CM2014)
y una pequeña y dulce niña.

El cómo inició su amistad,
en realidad, no lo recuerdo;
sé muy bien, por lo que me platicaba mi madre,
que lo que todo el mundo sabía y recordaba
era que el inmenso robot
-tan grande quizá como un antiguo edificio-
únicamente se dejaba tocar y manipular
por un frágil ser; 
una tierna y delicada niñita de no más de 8 años
quien, a su muy temprana edad,
perfectamente sabía que parte de su misión
en la vida que le estaba tocando vivir,
era cuidar de ese temible e impresionante mecanismo
llamado ROBOT, como ella sencillamente le llamaba.

Una de las cosas que más se rememoraban
era el maravilloso hecho de saber que,
al tiempo y siendo todo un ser de un material
parecido a la hojalata de antaño...
también el robot se oxidaba y, con el paso de los días
y de las inevitables semanas,
se llenaba de algo parecido al musgo y pasto 
que aún, se conservaba en las zonas más restringidas
y cuidadas del planeta.
Incluso, mucha gente pensaba que era algo así
como una nueva invención robótica con semejanza
a un gigantesco árbol porque parecía tener
ramitas y hojitas a todo lo largo y ancho 
de su monumental cuerpo de metal.

Así que la pequeña niña,
después de terminar con sus labores tanto escolares
como las que en el complejo de viviendas
en el que habitaba junto con los miembros de su familia,
corriendo iba a buscar a su amigo ROBOT
para platicar con él y acompañarle en su nula actividad
ya como un complejo robótico cesado...
es decir, desempleado por el gran desgaste
de sus muchísimos años de servicio a la humanidad.
Y, una de sus cosas favorita era, 
(y me refiero a la niñita en cuestión)
quitar muy cuidadosa y cariñosamente,
cada pequeña hoja,
cada incipiente ramita que advertía en el colosal cuerpo
de su asombroso amigo.

Lo que pasó al tiempo, 
cuando la niñita creció...
será tema de otro cuento a la hora de dormir;
sin embargo, la lección de vida que siempre se trataba
de transmitir y hacer nacer en los corazones 
de todos los niños en el planeta 
(y de todos los que, por las misiones a las que sus padres
estaban encomendados fuera de la tierra, en el infinito universo
conocido y el demás que faltaba por explorar)
era la de la desinteresada y fraternal amistad
entre un ROBOT y una pequeña niña...
misma que,
no importando cuántas centurias pasaran,
jamás dejaría de contarse a los niños buenos a la hora de dormir,
para seguir alimentando en los inocentes corazones,
el sentimiento de bondad y generosidad
para con todos los complejos robóticos con quienes seguirían
viviendo y conviviendo,
siendo creados no únicamente para su servicio y ayuda,
sino también, para ser cuidados y...
¿por qué no?
Amados como si fuesen un ser con un real y latiente corazón humano.






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