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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Los pequeños ciclistas...





Riders in the sun
Fotografía:
PENSIERO




Los pequeños ciclistas 
se detuvieron de súbito en la parte
de la montaña
que más trabajo les representaba,
haciendo un alto en su penoso camino.

Era una ruta hacia arriba
que se habían propuesto subir
montados en sus flamantes bicicletas
que si no nuevas, sí llenas todas ellas, 
de briosos anhelos de niñez contenían.

El grupo de cuatro pequeños niños,
cuyas edades no variaban mucho entre sí,
pararon por un instante,
deteniendo su aventura hacia la cima anhelada.

Algo se había incrustado en la llanta delantera
de una de las bicicletas;
el dueño de la misma,
preocupado, 
mostraba a sus compañeros de viaje,
la consecuencia de tal circunstancia: 
una indeseabla y temida ponchadura.

Y eso,
definitivamente,
no entraba en los planes.

Así que nuestros pequeños ciclistas
-en pequeña toma de decisiones-
trataban de arreglar tal circunstancia 
para no tener que regresar derrotados.

Pasó un largo rato,
hasta que un buen hombre
que caminaba justo por ahí,
se dió cuenta de las tribulaciones 
del grupo de pequeños hombrecitos
-intentando, en sus afanes infructuuosos-
de resolver, tan grande problema.

Por unos instantes,
se quedó, a lo lejos,
observando.
No se acercaba;
no intentó -de hecho-
nada por reducir la distancia
que del grupo de muchachos 
le separaba.

Sin embargo, 
cuando se dió cuenta de que ya 
para todos, 
era totalmente un fracaso el tratar de arreglar
algo en la bicicleta en cuestión,
se dejó llevar por su anhelo de auxilio y ayuda
para con el grupo de pequeños muchachos.

Sorprendidos...
los cuatro niños dócilmente explicaron
lo que hacía ya casi una hora,
había detenido su aventura hacia la cima.

El hombre,
de rostro afable surcado por numerosas líneas de vida,
sonrió depositando en todos ellos,
un hálito de esperanza...
Se dobló las mangas de la camisa que llevaba
y se dispuso a intentar arreglar tan desafortunado evento.

De manera inesperada,
quién sabe de dónde,
sacó de entre sus bolsillos algo que utilizó
como un pequeño parche 
en la casi lisa llanta averiada.

De igual manera,
haciendo uso de todos los recursos
de improvisación que, en su vida como mecánico
ya conocía de mucho tiempo atrás,
logró que, finalmente...
la bicicleta retuviera el aire que la sencilla bomba
(que otro de los chicos llevaba)
se quedara dentro de la delgada y gastada llanta
para así, mágicamente...
poder todos continuar el tan añorado camino.

Los cuatro chicos con un grito de salvación
(y honestamente, de gratitud infinita)
lo abrazaron y le sonreían totalmente 
rebosando alegría y esperanzador agradecimiento
por doquier.

El buen hombre
únicamente se dejó festejar
y les instó a continuar su camino con prontitud
ya que, en un rato más, 
comenzaría a caer la tarde
y, seguramente,
sería momento de regresar a casa sin chistar.

Los pequeños ciclistas rápidamente
(y subidos en sus potros metálicos
que sentían, casi casi, 
como poderosas máquinas de velocidad)
se despidieron jubilosamente
con ademanes de algarabía y satisfacción,
de un hombre como cualquiera que...
al fin, padre de un chiquillo como ellos,
también deseaba pudiesen culminar
su gran aventura antes de que,
se pudiese advertir en el horizonte,
el ocaso de un día más de hermosa y agradecida vida.




Los invito a visitar la galeríía fotográfica de STEFANO CORSO 
(PENSIERO)
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